El amanecer en Atenas no trajo la luz de la esperanza, sino el resplandor frío de una ciudad que se preparaba para el entierro de sus enemigos. El aire en la mansión Kyriakos todavía olía a la limpieza química que habían usado para borrar la sangre de Dimitri Volkov del mármol de mi suite nupcial, pero el olor a pólvora parecía haberse quedado impregnado en mis poros, una fragancia de muerte que ninguna esencia de jazmín podía ocultar.
Me miré en el espejo de cuerpo entero. Llevaba un vestido d