El aire en la suite nupcial estaba saturado de un olor acre a humo, pólvora y el rastro metálico de la sangre fresca. Los cristales del inmenso ventanal, ahora reducidos a esquirlas brillantes sobre el mármol, crujían bajo las botas de combate de Dimitri Volkov. Yo estaba en el suelo, semidesnuda, con la seda de la sábana apenas cubriendo mi cuerpo y mis manos vendadas temblando contra el frío del suelo. Dimitri me sujetaba del cabello con una fuerza que amenazaba con arrancarme el cuero cabell