La puerta de la suite presidencial de Mavros se cerró tras nosotros con un clic electrónico que sonó como una sentencia. El eco de los "Larga vida a la Reina" y las miradas de sumisión de los patriarcas de la mafia aún resonaban en mi mente, pero en este santuario de seda negra, cuero y mármol gélido, solo existíamos nosotros. El aire estaba cargado, denso, saturado con el aroma de su perfume —sándalo, tabaco y ese rastro metálico de peligro— y la electricidad estática de un deseo que llevaba s