La luz del sol de Atenas entró por el ventanal de la suite con una agresividad que hería los ojos. Me desperté con la sensación de un peso cálido y posesivo sobre mi cintura: el brazo de Mavros. Su piel contra la mía, el roce de las sábanas de seda negra y el aroma a sexo y sándalo que impregnaba el aire eran recordatorios constantes de la rendición de anoche. Mis manos vendadas descansaban sobre su pecho, justo encima de su corazón, que latía con una calma que solo él poseía después de la torm