El salón principal de la mansión Kyriakos se había transformado en una catedral de luto y opulencia. Columnas de mármol negro, traídas especialmente de las canteras del Peloponeso, enmarcaban el espacio. Cientos de velas de cera blanca, del tamaño de antorchas, proyectaban sombras danzantes que hacían que las estatuas antiguas parecieran cobrar vida. El aire estaba saturado con el aroma denso del incienso y el perfume costoso de los hombres más peligrosos de Grecia, que se habían reunido para p