El fuselaje del Gulfstream G650ER vibraba con una violencia que amenazaba con arrancar los remaches de las alas en mitad de la noche atlántica. Volábamos a una altitud prohibida, forzando los motores Rolls-Royce al ciento diez por ciento de su capacidad termodinámica, cortando la tormenta que soplaba sobre los Alpes hacia las aguas del Adriático. Londres se había quedado atrás, envuelta en el humo de la estación de bombeo de Mayfair y el cadáver de Alistair Vance flotando en el olvido, pero el