La niebla londinense no era como la de Milán ni como la brisa salina de Kythira; era un manto amarillo, espeso y con sabor a carbón industrial que se adhería a los adoquines de Mayfair como el sudor de un moribundo. El Big Ben repicaba las cuatro de la madrugada en la distancia, un sonido sordo que la humedad del Támesis ahogaba antes de que pudiera cruzar las rejas de hierro forjado de las mansiones georgianas. Estábamos en el corazón del dinero aristocrático del Reino Unido, pero bajo nuestro