El suelo de Kythira nos recibió con la vibración seca de los impactos de mortero perforando el mármol de los jardines inferiores. Al saltar de la rampa del Gulfstream, el viento húmedo del mar Jónico me golpeó el rostro, arrastrando un olor espeso a queroseno, salitre y la pólvora rancia de una guerra que había venido a buscar a nuestros hijos hasta el búnker de su propia herencia. El avión derrapó unos metros más sobre la pista de tierra, con los flaps destrozados por las ráfagas de las lancha