Mundo ficciónIniciar sesiónAlessandra cavallaro acaba de ver morir a su padre y su mundo de lujos se ha convertido en una zona de guerra. sola y traicionada por los suyos su única salvación es Dante vancini: el hombre al que amo en secreto y a quien su familia desterró hace años. Dante no ha vuelto para rescatar ala princesa de la mafia, si no para cobrarse cada una de sus cicatrices. pero en una ciudad que arde, ambos deberán elegir: destruirse el uno al otro por el pasado, o sobrevivir juntos en un pacto de sangre donde la pasión es tan letal como las balas.
Leer másEl satén rojo del vestido de Alessandra se sentía como una segunda piel, elegante, costosa y mortalmente incómoda. Se ajustaba a su cuerpo con una precisión que no permitía errores, igual que la vida que había llevado hasta ese momento. Desde la suite del último piso del rascacielos Vancini, la ciudad de Nueva York se extendía como un tapete de joyas parpadeantes, ajena a la tensión que asfixiaba el gran salón de baile.
—Sonríe, Alessandra —susurró su padre, Franco Cavallaro, a su lado. Su voz era un gruñido bajo, apenas audible sobre la orquesta de cámara—. Esta noche sellamos la paz. No queremos que piensen que la heredera Cavallaro tiene miedo.
Alessandra contuvo un suspiro y forzó una sonrisa perfecta.
—No tengo miedo, Papá. Tengo sueño. Esta tregua es una farsa y lo sabes.
Franco apretó el brazo de su hija con suavidad, pero la advertencia estaba allí. La gala de "paz" era el evento del año. Los Cavallaro y los Vancini, las dos familias más poderosas y sangrientas de la ciudad, se reunían bajo el mismo techo para firmar un tratado que nadie creía que duraría. Pero para Alessandra, esto era personal. Este edificio, este apellido… todo le recordaba al hombre que su padre había desterrado hacía cinco años. El hombre que le había roto el corazón antes de que ella supiera lo que era el amor.
Caminaron hacia el centro del salón, donde el patriarca de los Vancini, un hombre de aspecto frágil pero ojos de víbora, los esperaba junto a un notario y un fajo de documentos que prometían un cese al fuego.
—Franco —saludó el viejo Vancini, con voz rasposa—. Un placer verte sin una pistola en la mano. Y Alessandra… cada día más parecida a tu madre. Una lástima que mi hijo…
No pudo terminar la frase. Un sonido sordo, un thump rítmico, vibró a través del suelo de mármol. No era la orquesta.
Alessandra sintió que el vello de su nuca se erizaba. Miró a su alrededor. Los guardias de seguridad de ambas familias, hombres con trajes negros y audífonos, parecían repentinamente nerviosos. Uno de ellos, un capitán veterano de los Vancini, levantó la mano hacia su oído, con los ojos abiertos de par en par por el pánico.
—¿Qué pasa? —preguntó Franco, su mano bajando instintivamente hacia la culata de la pistola oculta bajo su chaqueta.
—Papá, el sonido… —comenzó Alessandra, pero fue interrumpida por un estruendo ensordecedor.
No fue una explosión en el salón, sino debajo de ellos. El rascacielos se tambaleó como un gigante herido. Los enormes candelabros de cristal oscilaron violentamente y los invitados gritaron, el pánico reemplazando instantáneamente la elegancia.
—¡Emboscada! —gritó alguien.
Las luces parpadearon y se apagaron, sumiendo el salón en una penumbra roja de emergencia. En ese mismo instante, las puertas de cristal que daban al balcón exterior saltaron en mil pedazos. No fue el viento. Fueron disparos.
El estruendo de rifles automáticos llenó el aire. Alessandra vio, como en cámara lenta, cómo su padre caía hacia atrás, una mancha de rojo oscuro extendiéndose rápidamente por el pecho de su camisa blanca.
—¡¡NO!! —el grito de Alessandra fue desgarrador, pero el caos lo devoró.
Se arrojó al suelo, el satén de su vestido arrastrándose por el polvo y los cristales rotos. La seguridad de los Cavallaro intentó devolver el fuego, pero estaban superados. Hombres armados, vestidos con equipo táctico negro y sin insignias, entraban por las ventanas rotas, disparando a discreción. No venían a negociar; venían a exterminar.
Alessandra gateó entre los cuerpos caídos y los gritos de los heridos, su mente funcionando a mil revoluciones. Su padre estaba muerto. Ella era la siguiente.
—Por aquí, Signorina —un guardia de Cavallaro intentó levantarla, pero un disparo preciso le atravesó la cabeza antes de que pudiera completar la acción.
Alessandra estaba sola. Se arrastró hacia una columna de mármol, buscando refugio. A unos metros, vio una de las puertas de salida de emergencia. Si podía llegar allí, tal vez…
Se levantó y corrió, el vestido rojo ondeando tras ella. Un atacante la vio. Levantó su rifle. Alessandra cerró los ojos, esperando el impacto.
Pero el impacto no llegó a ella.
Llegó al atacante.
Una figura emergió de las sombras cerca de la salida de emergencia. No llevaba el equipo táctico de los atacantes, ni el traje de los guardias. Llevaba una chaqueta de cuero negra, vaqueros oscuros y una máscara táctica que cubría la mitad inferior de su rostro. En sus manos, una pistola letal con silenciador escupía muerte con una precisión aterradora.
El atacante que apuntaba a Alessandra cayó con un disparo limpio en la frente.
La figura enmascarada avanzó, su movimiento era grácil pero mortal, una danza de violencia controlada. Dos atacantes más intentaron interceptarlo, pero cayeron antes de que pudieran levantar sus armas. La figura se detuvo frente a Alessandra, que estaba paralizada, con el pulso desbocado.
La figura la miró. Ojos oscuros, fríos como la noche, la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose por un milisegundo en el desgarrón de su vestido antes de fijarse en los de ella.
Con un movimiento fluido, se quitó la máscara táctica.
Alessandra sintió que el mundo volvía a tambalearse, pero esta vez no fue por una explosión.
Era él. Más alto, con una cicatriz fina que le cruzaba la mejilla que no tenía cinco años atrás, y con una mirada de hielo que había reemplazado el calor que solía tener para ella.
—Dante —susurró, con la voz rota.
Dante Vancini la miró sin rastro de afecto. Levantó la pistola y la apuntó directamente al pecho de ella.
—Llegas tarde, princesa —su voz era una caricia de seda y veneno—. Tu padre ya ha pagado su deuda. Ahora te toca a ti elegir cómo vas a pagar la tuya.
Alrededor de ellos, el rascacielos comenzaba a arder. El humo comenzaba a llenar el salón, y el sonido de las sirenas de la policía se escuchaba a lo lejos. Pero en ese rincón oscuro, el tiempo se había detenido.
Dante dio un paso hacia ella, el arma aún apuntándola.
—Puedes quedarte aquí y morir con el legado de tu padre, o puedes venir conmigo y descubrir lo que significa realmente el infierno. Tú decides, Alessandra.
La mañana en la mansión Cavallaro no trajo paz, sino una disciplina que Alessandra nunca había conocido. El jardín trasero, antes lleno de rosales perfectamente podados, se había convertido en un campo de entrenamiento improvisado bajo la dirección de Dante. El sol de Cartagena ya empezaba a castigar la piel, y el sudor corría por la espalda de Alessandra mientras intentaba mantener los brazos firmes.—No apuntes con el ojo, apunta con el alma, Alessandra —la voz de Dante era un látigo de autoridad a su espalda—. Si dudas un milisegundo, el objetivo deja de ser una silueta de cartón y se convierte en el hombre que te va a quitar la vida.Él se colocó detrás de ella, envolviendo sus brazos alrededor de los suyos para corregir la postura. El contacto físico, aunque técnico, disparó chispas de electricidad que Alessandra intentó ignorar.—Me duele el brazo, Dante —protestó ella, aunque no bajó el arma.—El dolor es un recordatorio de que estás viva. Aprende a amarlo —respondió él, s
La lluvia había cesado, dejando tras de sí un aire pesado y cargado de humedad que envolvía la mansión Cavallaro en una bruma espectral. El Mercedes negro blindado se detuvo frente a la escalinata de mármol con un chirrido de neumáticos sobre la grava mojada. Alessandra observó la fachada de la casa donde creció, el lugar que alguna vez fue su refugio y que ahora, tras la muerte de su padre y la traición de Marco, se alzaba como un mausoleo de mentiras.Dante bajó primero, su mirada escaneando cada rincón de los jardines. Sus hombres —un pequeño grupo de mercenarios que le habían jurado lealtad en las sombras— ya habían asegurado el perímetro.—Están esperándote adentro —dijo Dante, abriéndole la puerta a Alessandra—. Los capitanes que quedan, los que no huyeron con Marco o Silvio. Están asustados, Alessandra. Y el miedo los hace peligrosos.Alessandra bajó del coche, alisándose el traje sastre que ahora llevaba manchas de ceniza y la sangre seca de Marco en la manga. No se la limp
El antiguo palacete en las afueras de la ciudad, una reliquia de la época colonial con muros de piedra coralina y techos altos, era el lugar donde el destino de la mafia se decidiría esa noche. Carros blindados de alta gama flanqueaban la entrada, y hombres con ametralladoras ligeras patrullaban los jardines con una eficiencia que gritaba guerra inminente.Alessandra caminaba por el pasillo principal, el eco de sus botas resonando contra el mármol pulido. Ya no vestía seda ni encaje; llevaba un traje sastre negro, de corte militar, que ocultaba un chaleco de kevlar y una Beretta compacta en su espalda. A su lado, Dante caminaba con una calma aterradora. Había cambiado su chaqueta de cuero por un abrigo largo y oscuro que ocultaba su arsenal, pero sus ojos… sus ojos eran los de un depredador que finalmente ha acorralado a su presa.—Recuerda el plan —susurró Dante, su voz apenas un soplo contra el aire frío del aire acondicionado—. Tú eres la voz. Yo soy el acero. No dejes que huela
La lluvia había dado paso a una humedad densa y sofocante que envolvía la caseta de madera como una mortaja. El sonido del río Hudson golpeando contra los pilares del muelle era el único metrónomo de una noche que se negaba a terminar. Dentro, la luz de la lámpara de queroseno agonizaba, lanzando destellos anaranjados que bailaban sobre las paredes de madera carcomida.Dante seguía de pie frente a la ventana, observando el horizonte con la rigidez de un soldado que espera el fin del mundo. Alessandra lo observaba desde las sombras, envuelta aún en su camisa negra. Ver las cicatrices de su espalda bajo esa luz mortecina había roto algo dentro de ella que ya no podía repararse con palabras.—Dante —susurró ella. Su voz era apenas un hilo, pero en el silencio sepulcral de la caseta, sonó como un trueno.Él no se movió, pero sus hombros se tensaron.—Deberías dormir, Alessandra. Mañana necesitaremos que estés alerta. El Consejo no tendrá piedad y yo no podré protegerte si tus reflejos
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