Mundo ficciónIniciar sesiónAlessandra cavallaro acaba de ver morir a su padre y su mundo de lujos se ha convertido en una zona de guerra. sola y traicionada por los suyos su única salvación es Dante vancini: el hombre al que amo en secreto y a quien su familia desterró hace años. Dante no ha vuelto para rescatar ala princesa de la mafia, si no para cobrarse cada una de sus cicatrices. pero en una ciudad que arde, ambos deberán elegir: destruirse el uno al otro por el pasado, o sobrevivir juntos en un pacto de sangre donde la pasión es tan letal como las balas.
Leer más(Una vida normal)[Cartagena, un año después.]El calor de Cartagena era el mismo de siempre: fuerte y pegajoso, pero a Alessandra ya no le molestaba. Estaba en el patio de una casa vieja en el barrio de Getsemaní que habían arreglado para que fuera una fundación. Había chicos entrando y saliendo, algunos con portátiles y otros simplemente hablando de sus clases.Ya no había pantallas gigantes ni códigos secretos. La "Fundación Mateo Leão" era un sitio para que los chicos del barrio aprendieran a programar y tuvieran una oportunidad diferente a la de la calle.—¡Doña Alessandra! —le gritó un muchacho desde un salón—. ¡Ya pudimos entrar al sistema de la alcaldía para ver lo de las becas! ¡Todo está en orden!—¡Excelente, sigan así! —le respondió ella con una sonrisa.Alessandra entró en su pequeña oficina y vio una foto en su escritorio. Salía ella con Dante en una lancha, muertos de la risa y despeinados por el viento. Era su foto favorita.Su celular vibró. Era un mensaje de t
El salto desde la Cúpula de San Pedro no fue un acto de desesperación, sino de liberación. Alessandra y Dante aterrizaron en los andamios de mantenimiento y, moviéndose con una coordinación que rozaba lo instintivo, desaparecieron por los callejones del Borgo antes de que el Vaticano pudiera cerrar sus murallas.Dos días después, el mundo era un lugar distinto. La filtración del "Archivo de las Almas Perdidas" había provocado la renuncia de tres cardenales y el arresto domiciliario de Pietro b’Amico. La red de la Tríada Roja y los Santos Pasivos se desmoronaba como un castillo de naipes bajo la lluvia.Alessandra citó a su madre en el único lugar donde todo había empezado: la terraza de la Quinta do Sangue en Oporto.El atardecer sobre el valle del Duero no era un evento meteorológico; era una declaración de principios. El cielo se había teñido de un naranja violento, como si las nubes estuvieran empapadas en el mismo vino que le dio nombre y fortuna a la familia Leão. Alessandra
El aire en las profundidades de la Ciudad del Vaticano era denso, impregnado de un frío que parecía emanar no de la piedra, sino del peso de dos mil años de secretos. Alessandra y Dante avanzaban por un pasillo flanqueado por estanterías de hierro que se perdían en la penumbra. No estaban en las áreas turísticas, ni siquiera en las zonas de estudio para académicos. Estaban en el "Búnker", la sección del Archivo Secreto donde la Iglesia guardaba lo que nunca debía ser leído.—Alessandra, ¿me recibes? —la voz de Elena sonó a través del auricular, con una interferencia estática—. He logrado hackear la subestación eléctrica de la Vía de la Conciliazione. Tienen diez minutos antes de que los sistemas de respaldo se activen y las puertas neumáticas se sellen para siempre.Alessandra no respondió. A pesar de haberle arrebatado el control del Proyecto Mariposa, Elena seguía operando desde Oporto, como un fantasma que se negaba a abandonar su castillo. Alessandra necesitaba su conocimiento
El regreso a la Quinta do Sangue fue una procesión de silencio. El aire de Oporto, habitualmente dulce por la uva madura, se sentía viciado. Alessandra cruzó el umbral de la biblioteca sin quitarse el abrigo, ignorando los saludos de los criados. En su mano, el chip que Dante le entregó en Ginebra ardía como un carbón encendido.Elena estaba en su puesto de mando, rodeada de pantallas que parpadeaban con flujos de datos globales. Se giró al sentir la presencia de su hija, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.—Morel me dijo que hubo un altercado en Ginebra —dijo Elena con voz suave—. Me alegra que estés a salvo, Alessandra.—¿Te alegra? —Alessandra lanzó el chip sobre la consola. El metal tintineó contra el cristal—. Analízalo. Ahora.Elena vaciló un segundo, una fracción de tiempo que para Alessandra fue una confesión. Sin embargo, la madre insertó el dispositivo. En segundos, las pantallas se inundaron de documentos digitalizados con el sello de la Santa Sede y registros de
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