La mañana en el hospital nació con una luz clínica, de esa que no calienta pero que expone cada grieta. El silencio que dejaron Gael y Brenda al salir fue rápidamente ocupado por la figura de Mateo, cuya presencia se sentía como una guardia silenciosa, una extensión de su deber como prometido.
—Deberías descansar un poco más —murmuró él. Su suavidad, que en otro tiempo habría sido un refugio, ahora le pesaba a Victoria como una cadena invisible.
—Estoy bien —mintió ella, aunque el eco de la