El auto se deslizaba por las avenidas como un espectro de acero, una burbuja de aislamiento que cortaba el aire nocturno. Dentro, el silencio no era una ausencia de sonido, sino una presencia física que gravitaba entre Daniel y Julián.
Daniel mantenía la vista perdida en el desfile de luces neón que se refractaban en el cristal. La ciudad, desde esa altura y a esa velocidad, parecía un tablero de circuitos perfectamente ordenado, el único lugar donde él solía sentirse cómodo. Sin embargo, la