La sala de juntas, que minutos antes había sido un campo de batalla de egos y apellidos, se transformó de pronto en un mausoleo de cristal. El aire acondicionado parecía haber bajado varios grados, congelando la distancia que ahora separaba a Daniel de la mujer que acababa de reclamar su nombre real.
Daniel fue el primero en romper el vacío. Su voz, usualmente un instrumento de mando, sonó extrañamente humana, buscando una grieta por donde filtrar una explicación que ni él mismo terminaba de a