—Bueno, señor Meléndez —respondió ella, forzando una sonrisa profesional y gélida—, no soy la única Rivera en el mundo. Es un apellido común, después de todo. Daniel la miró fijamente, escrutando cada rasgo de su rostro. Sus ojos se detuvieron en la firmeza de su mirada. Tiene razón, pensó él. La hija de Gael Rivera, la princesa de una de las familias más poderosas de Valemont, jamás estaría trabajando en una oficina bajo las órdenes de un Meléndez. Su orgullo familiar era demasiado grande para permitir tal "humillación", incluso en la decadencia. Daniel rompió la distancia, pero no la tensión. Se acercó a su oído, lo suficiente para que su aliento rozara su piel. —Entonces, Rivera… espero que tu talento sea tan grande como tu arrogancia en el ascensor. Se alejó un paso, recuperando su frialdad ejecutiva. —Necesito que mejores lo que presentaste hoy. Hay puntos débiles en tu proyección de riesgos. Arréglalo y preséntame un nuevo informe aquí mismo, mañana a primera hora.
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