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El aire de la noche era gélido, pero Victoria apenas lo sentía. Estaba sentada en un escalón de piedra, con las manos manchadas de hollín y el eco de las sirenas todavía zumbando en sus oídos. El teléfono vibró, rompiendo la parálisis de su vigilia. El nombre de su padre en la pantalla no fue un alivio, sino el recordatorio de que su breve intento de independencia acababa de ser reducido a cenizas, literalmente.

—¿Sí? —contestó, su voz sonando extraña en la amplitud de la calle vacía.

—¿Est
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