El piso 58 de Obsidian no era una oficina; era un santuario de cristal y acero donde el caos de la Ciudad de Valemont se filtraba solo como una postal muda. Daniel permanecía de pie, su silueta recortada contra el crepúsculo que empezaba a incendiar los rascacielos de Reforma. A su espalda, el aire olía a café costoso y a la tensión eléctrica de los servidores de alta velocidad.
Lex Duarte, con esa insolencia aristocrática que solo él podía permitirse frente a Daniel, rompió el cristal del si