El taxi se alejó, dejando a Victoria sola frente a la fachada de su edificio. El silencio de la calle, usualmente acogedor, se sentía ahora como una advertencia sorda. No subió de inmediato; se quedó de pie en la acera, con el bolso apretado contra el costado, notando que la iluminación de la entrada fallaba con un parpadeo errático que le erizaba la piel.
—Señorita… —el guardia de seguridad se acercó, su voz cargada de una vacilación que Victoria reconoció al instante—. Hubo un incidente.