La sala de juntas de Obsidian se convirtió en un vacío de gravedad donde la luz del atardecer parecía congelada en las aristas de los muebles. Daniel entrecerró los ojos, una señal que en él equivalía a una declaración de guerra inminente, mientras mantenía su mirada fija en Mateo, ignorando la presión que le subía por la garganta.
—¿Qué es... interesante? —la pregunta de Daniel fue un susurro sordo, cargado de una tensión que ya no lograba filtrar a través de su habitual máscara de acero.