Mundo ficciónIniciar sesiónRenata Mendoza siempre creyó que el amor podía vencer cualquier distancia. Durante tres años fue la esposa del poderoso CEO Antonio Vegetti, un hombre frío, imponente y dueño de uno de los imperios empresariales más influyentes del país. Renata soportó su indiferencia, su silencio y la soledad de un matrimonio que parecía existir solo en el papel. Aun así, ella lo amaba con todo su corazón. Pero su mundo se derrumba cuando descubre la traición más cruel: Antonio comparte la cama con su propia hermana. Humillada, destrozada y expulsada de la vida del hombre que amaba, Renata cree que no puede caer más bajo… hasta que recibe la noticia que cambia su destino para siempre: la enfermedad de su madre ha regresado, y el tiempo para salvarla se está acabando. Desesperada, Renata suplica ayuda al único hombre que podría salvarla: su esposo. Pero Antonio la rechaza con una frialdad que termina de destruir su corazón. Sin dinero, sin apoyo y con la vida de su madre escapándose entre sus manos, Renata se enfrenta a una verdad dolorosa: en este mundo, el amor no tiene valor… el poder sí. Cuando todo parece perdido, un hombre aparece desde las sombras. Sebastian Vegetti. Hermano de Antonio. Un hombre peligroso, enigmático y dueño de unos ojos verdes capaces de revelar poder… o condena. Sebastian le ofrece una oportunidad. Un trato. Un acuerdo que podría salvar a su madre… pero cuyo precio podría cambiar su vida para siempre. Porque para salvar a la única persona que le queda en el mundo, Renata Mendoza está dispuesta a todo. Incluso a entregar su alma al diablo. Pero esta unión nadie imaginaba que traía secretos ocultos.
Leer másEl sonido del monitor cardíaco era lo único que rompía el silencio del consultorio. Un pitido constante, frío, clínico. Renata Mendoza sentía que ese sonido perforaba directamente su pecho.
El doctor dejó el expediente sobre el escritorio con un gesto lento, como si cada movimiento pesara toneladas. —Señora Mendoza… —dijo finalmente—. Necesito que mantenga la calma. Renata apretó con fuerza la correa de su bolso. Sus dedos temblaban. —Doctor… ¿mi madre está bien? —preguntó con un hilo de voz. El médico suspiró. Definitivamente le costaba dar aquella respuesta a la pequeña mujer. —Los estudios que realizamos esta semana confirmaron algo que temíamos… —hizo una pausa breve, buscando las palabras correctas—. El cáncer ha regresado. El mundo se detuvo. Renata sintió que el aire desaparecía del consultorio. —¿R… regresó…? —murmuró. El doctor asintió con expresión grave. —Y esta vez es más agresivo. Las palabras cayeron sobre ella como una tormenta brutal. Por un instante, Renata no escuchó nada más. Sus oídos zumbaban, como si una ola inmensa hubiera golpeado su mente. Su madre. La única persona que siempre había estado a su lado. La mujer que la había criado sola después de que su padre las abandonara. La mujer que había trabajado día y noche para que Renata pudiera estudiar, crecer y tener un futuro. La mujer que sonreía incluso cuando estaba cansada. Renata sintió que su pecho se rompía. —Pero, pero ella ya se había recuperado —susurró con desesperación—. Los médicos dijeron que estaba en remisión… —Lo estaba —respondió el doctor con suavidad—. Pero en algunas ocasiones la enfermedad vuelve. Renata bajó la mirada. Sus manos temblaban sobre sus rodillas. —¿Hay tratamiento? —Sí. Pero el procedimiento es complicado y bastante costoso, que tú seguro no podrá cubrir. El doctor abrió otra carpeta y deslizó un documento hacia ella. —Necesitaremos iniciar inmediatamente quimioterapia avanzada y un tratamiento experimental. Renata observó los números impresos en el papel. El costo era absurdo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Ella trabajaba, sí. Pero su salario no alcanzaba ni siquiera para una pequeña parte de aquel tratamiento, su garganta se cerró. Entonces, un nombre apareció en su mente. Antonio. Su esposo. El poderoso CEO Antonio Vegetti. Uno de los empresarios más influyentes del país. El hombre con el que se había casado hacía tres años. Un matrimonio que en el papel parecía perfecto. Riqueza. Poder. Elegancia. Pero en realidad… Antonio siempre había sido frío con ella. Distante. Indiferente. Aun así, era su esposo. Y ella sabía que para él ese dinero no era nada. Renata respiró profundamente, intentando contener las lágrimas. —Doctor—dijo con voz quebrada—. Haré todo lo posible para conseguir el dinero. El médico asintió con comprensión. —Cuanto antes iniciemos el tratamiento, mejor. Renata se levantó lentamente. Sentía las piernas débiles. Pero en su corazón ya había tomado una decisión. Iba a pedir ayuda. Aunque tuviera que arrodillarse. Aunque tuviera que humillarse. Por su madre. Renata Mendoza Haría cualquier cosa. Una hora después, el automóvil se detuvo frente a la enorme mansión Vegetti. Una residencia imponente rodeada de jardines perfectamente cuidados. Renata bajó del taxi con pasos apresurados. El cielo comenzaba a oscurecer. El viento agitaba suavemente su largo cabello rubio. Renata era una mujer de una belleza que podía dejar sin aliento a todos, era como una reina. Su piel era clara como porcelana. Sus ojos azules brillaban con una intensidad profunda, como el océano en una tarde de verano. Su figura era delicada y elegante, con una gracia natural que hacía que incluso el vestido más sencillo pareciera una obra de arte. Muchos decían que parecía una muñeca. Una princesa de cuento. Pero en ese momento. Sus ojos estaban llenos de tristeza. Renata caminó rápidamente hacia la entrada de la mansión. Los sirvientes se sorprendieron al verla. —Señora Vegetti —saludó uno de ellos—. Pensábamos que regresaría mañana. Renata apenas respondió. Pero era evidente que los sirvientes se volvieron ansiosos ante la presencia de ella. —Necesito hablar con Antonio. Subió las escaleras con rapidez. Su corazón latía con fuerza. Ella sabía que Antonio normalmente regresaba tarde de la empresa. Pero hoy, ella necesitaba verlo. Necesitaba suplicarle ayuda. Cuando llegó al pasillo del segundo piso, notó algo extraño. La puerta de la habitación principal estaba entreabierta. Una tenue luz salía del interior. Renata frunció el ceño. Antonio rara vez llegaba temprano. Pero tal vez hoy. Tal vez estaba allí. Tal vez podría hablar con él ahora mismo. Renata respiró profundamente. Luego empujó la puerta. Y entró. El mundo se rompió. La escena frente a sus ojos fue como un cuchillo atravesando su corazón. En la enorme cama matrimonial. Antonio estaba desnudo. Y no estaba solo. Una mujer estaba con él. Sus cuerpos entrelazados entre las sábanas. La respiración agitada. La piel pegada y sudorosa, por supuesto la fragancia de sexo inunda la habitación. Renata sintió que su mente dejaba de funcionar. El hombre levantó la mirada. El poderoso CEO Antonio Vegetti. Alto. Apuesto. De mirada fría y arrogante. Sus ojos oscuros se encontraron con los de Renata. Pero no había culpa en ellos. Ni siquiera sorpresa. Solo molestia. Como si ella fuera la intrusa. —¿Qué haces aquí? —preguntó con voz fría Antonio Vegetti. Pero Renata no lo estaba mirando a él. Sus ojos estaban fijos en la mujer que estaba a su lado. La mujer levantó lentamente el rostro. Y sonrió. Fue una sonrisa provocadora. Triunfante. Renata sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. —Hola… hermanita. Era su hermana. Claudia. La misma hermana que había crecido con ella. La misma hermana que había llorado en su boda. La misma hermana a la que Renata siempre había protegido. Renata sintió que su corazón se hacía pedazos. —C… Claudia… —susurró. Claudia se acomodó contra el pecho de Antonio con total naturalidad. Como si perteneciera allí. —No deberías entrar sin tocar —dijo con tono despreocupado—. Podrías ver cosas que no te gustan. Las piernas de Renata temblaban. —¿Por… qué…? —susurró. Antonio suspiró con fastidio. —Renata, esto es ridículo. No hagas una escena. Ella lo miró con incredulidad. —¿Una escena…? Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¡Es mi hermana! Antonio se encogió de hombros. —¿Y? Esa simple palabra destruyó lo último que quedaba del corazón de Renata. Claudia rió suavemente. —Vamos, Renata. No pongas esa cara —dijo con burla—. Sabes perfectamente que Antonio nunca te quiso. Cada palabra era una daga. Renata retrocedió un paso. Su mente recordaba por qué había venido. Su madre. El hospital. El diagnóstico. El dinero que necesitaba, pero ahora todo parecía una pesadilla. Antonio tomó su teléfono con indiferencia. —Si ya terminaste de mirar, cierra la puerta al salir. Renata sintió que algo dentro de ella moría. Las lágrimas finalmente comenzaron a caer por sus mejillas. Pero no dijo nada. No gritó. No suplicó. Solo miró por última vez a las dos personas que habían destrozado su vida. Y salió de la habitación. La puerta se cerró suavemente detrás de ella. En el pasillo vacío. Renata finalmente se derrumbó. Las lágrimas corrían sin control. Su matrimonio era una mentira. Su hermana la había traicionado. Y su madre. Su madre estaba muriendo. Renata levantó lentamente el rostro. Sus ojos azules, antes llenos de dulzura, ahora brillaban con una tristeza profunda. Pero también, con una chispa nueva. Una chispa que aún no entendía. Una chispa que algún día se convertiría en algo más. Determinación.El amanecer llegó silencioso, la luz gris del nuevo día se filtraba lentamente por la ventana del hospital, iluminando la habitación con un tono pálido y frío. Renata había pasado toda la noche despierta. Sentada junto a la cama de su madre. Sus ojos estaban cansados. Su rostro delicado parecía más frágil que nunca. La mujer que dormía en la cama respiraba con dificultad, conectada a máquinas que emitían sonidos constantes. Cada pitido era un recordatorio del tiempo que se estaba agotando. Renata sostenía suavemente su mano. No había llorado en toda la noche. Las lágrimas parecían haberse agotado. Lo único que quedaba era una sensación de vacío. A las ocho de la mañana alguien tocó la puerta. Renata levantó la mirada. —Adelante. La puerta se abrió. Un hombre elegante entró con un maletín negro en la mano. —Señora Renata Mendoza. Renata lo reconoció inmediatamente. Era el abogado de Antonio Vegetti. El hombre inclinó ligeramente la cabeza con formalidad. —Buenos días.
La noche había caído sobre la ciudad. Las luces de los edificios brillaban como estrellas artificiales en la oscuridad, formando un océano luminoso que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. En el último piso de un elegante rascacielos, el departamento de Sebastian Vegetti dominaba aquel paisaje. Las paredes de cristal permitían ver toda la ciudad. Un lugar diseñado para alguien que estaba acostumbrado a mirar el mundo desde arriba. Sebastian estaba de pie frente al enorme ventanal. Una copa de whisky descansaba en su mano. El líquido ámbar brillaba bajo la tenue luz del apartamento. Su figura era imponente. Y esos ojos verdes que parecían esconder demasiados secretos. Durante varios minutos no se movió. Solo observaba la ciudad. Como si estuviera analizando cada movimiento de un tablero invisible. Finalmente levantó la copa y bebió un pequeño sorbo. —Renata Mendoza… —murmuró suavemente. Su voz resonó en el silencio del apartamento. El nombre parecía extraño en sus l
La habitación del hospital estaba en silencio. Un silencio pesado. Frío. Solo se escuchaba el suave pitido de las máquinas que vigilaban los signos vitales de la mujer que yacía en la cama. Renata estaba sentada a su lado. Sus manos sostenían con cuidado la mano débil de su madre. La piel de la mujer estaba pálida. Demasiado pálida. Su respiración era lenta, frágil. Cada respiración parecía una batalla. Renata la observaba con los ojos llenos de tristeza. Nunca había imaginado verla así. Para ella, su madre siempre había sido una mujer cálida. Fuerte. Amable. La persona que la protegía cuando su padre se volvía demasiado estricto. Pero ahora. Parecía tan pequeña. Tan vulnerable. Renata apretó suavemente su mano. —Mamá… —susurró. Su voz tembló. —Por favor… resiste un poco más. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero las contuvo. No quería llorar. No frente a ella. No frente a la persona que siempre había sido su refugio. Justo en ese momento. Su teléfono vibró. R
Renata llegó al elegante edificio del bufete de abogados. Era un lugar que conocía demasiado bien. Había trabajado allí durante años. Cada pasillo. Cada oficina. Cada sala de reuniones. Pero en ese momento todo parecía diferente. Las miradas de los empleados eran incómodas. Algunos evitaban verla. Otros simplemente fingían estar ocupados. Renata sintió un leve nudo en el pecho. Sabía que su despido ya era un secreto a voces. Aun así, levantó la cabeza y caminó con dignidad hasta la oficina del abogado que había manejado durante años los asuntos legales de su padre. La placa en la puerta decía: Lic. Rodrigo Salvatierra. Renata respiró profundamente antes de tocar. —Adelante. La voz del hombre se escuchó cansada. Cuando Renata entró, el abogado levantó la mirada desde unos documentos. Sus ojos mostraron sorpresa… y algo más. Preocupación. —Renata… —dijo lentamente. Ella intentó sonreír. —Buenos días, señor Salvatierra. El hombre se levantó de su silla. Era un hombre m
Último capítulo