ELLA LO VE COMO SU SALVACIÓN

Cuando Renata salió de la mansión Vegetti, el viento ya soplaba con violencia.

El cielo estaba cubierto de nubes oscuras que parecían devorar la última luz del atardecer. Un trueno lejano retumbó en el horizonte, anunciando la tormenta que estaba a punto de caer sobre la ciudad.

Pero Renata no lo notó.

Su mente estaba demasiado llena de dolor.

Caminó unos cuantos pasos fuera del enorme portón de hierro de la mansión, y entonces sus piernas simplemente dejaron de moverse.

Se quedó allí.

Inmóvil.

Como si su cuerpo hubiera perdido toda la fuerza para seguir adelante.

El primer relámpago iluminó el cielo. Y segundos después. La lluvia comenzó a caer. Primero suavemente. Luego con más fuerza. En cuestión de minutos, el cielo parecía haberse abierto por completo.

El agua caía sobre Renata empapando su cabello rubio, su vestido, su piel.

Pero ella no se movió.

No buscó refugio.

No intentó protegerse.

Simplemente levantó ligeramente el rostro hacia el cielo.

La lluvia corría por su cara mezclándose con sus lágrimas.

Su corazón dolía tanto que apenas podía respirar.

Antonio.

El nombre seguía repitiéndose en su mente.

Había amado a ese hombre durante tres años.

Tres años esperando una mirada.

Tres años esperando una palabra amable.

Tres años creyendo que algún día él podría verla de verdad.

Pero ahora sabía la verdad.

Antonio nunca había sido suyo.

Nunca.

Renata cerró los ojos mientras la lluvia golpeaba su cuerpo con fuerza. El frío comenzaba a calar en sus huesos. Pero ese frío era nada comparado con el dolor que tenía en el pecho.

—¿Por qué? —susurró con voz rota. Como si la respuesta que buscaba aún le daría una oportunidad — ¿Fue culpa mía por esperar demasiado de los demás?

El sonido de la tormenta fue su única respuesta. No sabía cuánto tiempo permaneció allí. Tal vez minutos. Tal vez horas. El mundo a su alrededor parecía haberse vuelto borroso. Sus piernas comenzaron a temblar. El frío se volvió más intenso. Su respiración se hizo más débil.

Y finalmente la oscuridad la envolvió por completo, pero ella prefería que fuera así para dejar de sentir el dolor de la traición.

Cuando Renata volvió a abrir los ojos. El mundo era blanco. Un techo blanco. Luces blancas. Un olor fuerte a desinfectante llenaba el aire. Parpadeó varias veces, estaba confundida, solo se quedó mirando fijamente.

—¿Dónde, dónde estoy? —murmuró con la voz baja.

—Señorita, por favor no se levante.

La voz suave de una enfermera llegó desde su lado. Renata giró la cabeza lentamente. Estaba en una cama de hospital.

Su cuerpo estaba cubierto con una manta.

—La encontraron inconsciente en la calle bajo la lluvia —explicó la enfermera—. La persona que la trajo dijo que probablemente se había desmayado por el frío.

Renata frunció el ceño.

—¿Alguien me trajo?

—Sí.

La enfermera acomodó la manta sobre sus hombros.

—Si esa persona no la hubiera encontrado, podría haber sido peligroso.

El corazón de Renata latió con fuerza.

¿Alguien la había encontrado? ¿Antonio había salido por detrás de ella y la encontró? ¿Se preocupo por ella?

Una esperanza pequeña e ingenua apareció en su pecho.

Antonio.

¿Había sido él?

Tal vez. Tal vez después de que ella se fue. Antonio la había buscado. Tal vez había sentido culpa. Tal vez. Tal vez aún le importaba. El corazón de Renata comenzó a latir más rápido.

Pero entonces…

Las imágenes de la habitación volvieron a su mente.

Antonio.

Claudia.

Sus cuerpos juntos.

Sus palabras crueles.

El dolor regresó con una fuerza brutal.

Renata cerró los ojos con fuerza.

Su pecho se apretó como si algo lo estuviera estrangulando.

—Mi madre… —dijo de repente, alarmada—. ¿Dónde está mi madre?

La enfermera se quedó en silencio por un instante.

Su expresión cambió.

Y Renata lo notó inmediatamente.

Ese pequeño cambio en su rostro.

Ese gesto que los médicos y enfermeras intentaban ocultar cuando las noticias no eran buenas.

El corazón de Renata se hundió.

—Ella… está en su habitación —respondió finalmente la enfermera.

Renata tragó saliva.

—¿Está… mejor?

La enfermera dudó.

Y ese silencio fue suficiente.

Renata sintió que su sangre se congelaba.

Nada había mejorado.

—¿Quién me trajo aquí? —preguntó entonces con voz débil.

La enfermera revisó una pequeña hoja en la mesa.

—La persona que la trajo solo dejó su apellido.

Renata la miró con ansiedad.

—¿Cuál?

—Vegetti.

El corazón de Renata dio un salto violento.

Vegetti.

Antonio.

Solo podía ser él.

Sus manos comenzaron a temblar.

Entonces…

Antonio sí había ido por ella.

Antonio la había encontrado.

Antonio la había traído al hospital.

Una pequeña esperanza comenzó a nacer en su pecho.

Tal vez…

Tal vez él sí se preocupaba por ella.

Tal vez aún había algo entre ellos.

—¿Puedo… tener mi teléfono? —preguntó con urgencia.

La enfermera asintió.

—Claro.

Le entregó una pequeña bolsa con sus pertenencias.

—Voy a salir un momento para darle privacidad.

Renata asintió suavemente.

Cuando la puerta se cerró…

Sus manos temblaban mientras encendía el teléfono.

El nombre de Antonio estaba guardado como “Esposo”.

Sus ojos se llenaron de lágrimas al verlo.

Durante tres años.

Ese nombre había significado todo para ella.

Respiró profundamente.

Y marcó.

El teléfono comenzó a sonar.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Renata sostuvo la respiración.

Pero nadie contestó.

El tono de llamada continuó hasta que finalmente se cortó.

Renata bajó lentamente el teléfono.

El silencio de la habitación parecía aplastarla.

Tal vez estaba ocupado.

Tal vez estaba trabajando.

Tal vez.

No quería contestar.

Renata cerró los ojos.

No podía pensar en eso ahora.

Su madre era más importante.

Se levantó lentamente de la cama.

Su cuerpo aún estaba débil, pero no le importó.

Salió de la habitación y caminó por el pasillo del hospital.

Cada paso se sentía pesado.

Cuando llegó al área donde estaba hospitalizada su madre, una doctora la detuvo.

—Señora Mendoza.

Renata la miró con ansiedad.

—¿Mi madre…?

La doctora suspiró suavemente.

—El tiempo para iniciar el tratamiento se está acabando.

El corazón de Renata se detuvo.

—¿Qué significa eso? — Ella realiza la pregunta, aunque tenía mucho miedo de la respuesta.

—Si no comenzamos pronto, las probabilidades de éxito disminuirán mucho.

Renata sintió que el mundo giraba.

—No — Su respiración se volvió agitada. —No, por favor, no puede ser así.

El pánico comenzó a invadirla.

El rostro delicado de Renata, que parecía el de una muñeca de porcelana, se volvió completamente pálido.

Sus ojos azules se llenaron de terror.

No podía perder a su madre.

No podía.

Justo en ese momento…

Su teléfono comenzó a sonar.

Renata miró la pantalla.

Y su corazón comenzó a latir con fuerza.

Antonio.

Sus manos temblaban.

Sus ojos se llenaron de esperanza.

Tal vez…

Tal vez ahora su madre tenía una oportunidad.

Renata respondió la llamada con el corazón latiendo descontrolado.

—¿Antonio…?

Su voz apenas era un susurro.

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