Cuando Renata salió de la mansión Vegetti, el viento ya soplaba con violencia. El cielo estaba cubierto de nubes oscuras que parecían devorar la última luz del atardecer. Un trueno lejano retumbó en el horizonte, anunciando la tormenta que estaba a punto de caer sobre la ciudad. Pero Renata no lo notó. Su mente estaba demasiado llena de dolor. Caminó unos cuantos pasos fuera del enorme portón de hierro de la mansión, y entonces sus piernas simplemente dejaron de moverse. Se quedó allí. Inmóvil. Como si su cuerpo hubiera perdido toda la fuerza para seguir adelante. El primer relámpago iluminó el cielo. Y segundos después. La lluvia comenzó a caer. Primero suavemente. Luego con más fuerza. En cuestión de minutos, el cielo parecía haberse abierto por completo. El agua caía sobre Renata empapando su cabello rubio, su vestido, su piel. Pero ella no se movió. No buscó refugio. No intentó protegerse. Simplemente levantó ligeramente el rostro hacia el cielo. La llu
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