UN TRATO

El viento soplaba con fuerza frente al edificio Vegetti.

Las enormes puertas de cristal se cerraron detrás de Renata con un sonido seco, como si el edificio mismo estuviera expulsándola de su mundo.

Ella permaneció allí unos segundos.

De pie en la acera.

Con el corazón completamente roto.

Los autos pasaban por la avenida, el ruido de la ciudad seguía su ritmo habitual, pero para Renata todo parecía distante, apagado.

Sus manos temblaban.

Su pecho subía y bajaba con respiraciones irregulares.

Las lágrimas todavía corrían por su rostro.

Su piel pálida, delicada como porcelana, contrastaba con el rojo de sus ojos llorosos. Su belleza seguía siendo impresionante incluso en ese momento de absoluta fragilidad.

Parecía una muñeca rota.

Una muñeca abandonada en medio del mundo.

Renata levantó la mirada hacia el enorme edificio.

La empresa Vegetti.

El imperio del hombre que había destruido su corazón.

Antonio.

El hombre que había sido su esposo.

El hombre que acababa de ordenar que la sacaran como si fuera basura.

Un dolor profundo atravesó su pecho.

Pero esta vez no cayó al suelo.

Esta vez no se rompió.

Apretó sus manos con fuerza.

—No voy a permitirlo… —susurró.

Su voz temblaba, pero había algo nuevo en ella.

Una chispa.

—Salvaré a mi madre… aunque tenga que enfrentar al mundo entero.

Renata dio un paso hacia la calle.

Pero justo en ese momento…

Su teléfono sonó.

El sonido la sobresaltó.

Sacó el teléfono de su bolso con manos temblorosas.

Número desconocido.

Por un momento dudó.

Pero finalmente respondió.

—¿Hola…?

Durante un segundo solo hubo silencio.

Y luego…

Una voz masculina atravesó el teléfono.

Grave.

Profunda.

Y tan fría que hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Renata.

—Mira a tu derecha.

El corazón de Renata dio un salto.

La voz tenía algo extraño.

Algo autoritario.

Algo imposible de ignorar.

No era una sugerencia.

Era una orden.

Renata giró lentamente la cabeza hacia la derecha.

A unos metros de distancia, estacionado junto a la acera. Había un automóvil.

Un vehículo negro.

Largo.

Elegante.

Poderoso.

No era simplemente un coche.

Era el tipo de automóvil que no necesitaba moverse para dominar todo a su alrededor.

Su carrocería negra reflejaba la luz gris del cielo como una sombra sólida.

Las ventanas oscuras ocultaban completamente el interior.

El aire alrededor del vehículo parecía más pesado.

Más silencioso.

Renata tragó saliva.

Entonces vio la matrícula.

SV666.

El número del diablo.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

La voz volvió a escucharse en el teléfono.

— Ya viste el vehículo. Ven aquí.

Renata sintió que su corazón latía con violencia.

Algo en esa voz era… aterrador.

No gritaba.

No amenazaba.

Pero había una autoridad absoluta en cada palabra.

Como si el hombre que hablaba estuviera acostumbrado a que nadie lo desobedeciera.

Renata abrió la boca para negarse.

Pero las palabras no salieron.

No sabía por qué.

Pero su cuerpo comenzó a moverse.

Un paso.

Luego otro.

Sus manos temblaban ligeramente mientras se acercaba al automóvil.

Cada paso hacía que su corazón latiera más rápido.

El vehículo parecía aún más imponente de cerca.

Oscuro.

Elegante.

Peligroso.

Renata se detuvo frente a la ventana trasera.

Su respiración era irregular.

Entonces…

La ventanilla comenzó a bajar lentamente.

El sonido suave del mecanismo rompió el silencio.

Y cuando el vidrio descendió por completo…

El oxígeno abandonó los pulmones de Renata.

Sus ojos se abrieron con incredulidad.

No podía respirar.

Dentro del automóvil estaba un hombre.

Un hombre de presencia abrumadora.

Su cabello rubio tenía un brillo dorado bajo la tenue luz del interior del vehículo.

Sus rasgos eran perfectamente definidos.

Mandíbula firme.

Pómulos marcados.

Labios bien delineados que parecían acostumbrados a sonreír con arrogancia.

Pero lo más impactante eran sus ojos.

Verdes.

Intensos.

Oscuros como un bosque profundo.

Había algo peligroso en esa mirada.

Algo que hacía que el corazón de Renata latiera con miedo… y fascinación al mismo tiempo.

Ese hombre no era solo atractivo.

Era el tipo de hombre que dominaba cualquier lugar en el que entrara.

Un hombre acostumbrado al poder.

Acostumbrado a controlar destinos.

Acostumbrado a destruir o salvar vidas con una sola decisión.

Renata sintió que sus piernas temblaban.

Porque ese hombre…

No era un extraño para ella, era bastante familiar.

—Sebastian… —susurró con incredulidad.

Sebastian Vegetti.

El hermano menor de Antonio.

Un hombre del que casi nadie hablaba abiertamente dentro de la familia Vegetti.

Un hombre rodeado de rumores.

De poder.

De peligro.

Los ojos verdes de Sebastian se posaron sobre ella con calma.

Recorrieron su rostro lentamente.

Su cabello mojado por la lluvia de la noche anterior.

Sus mejillas pálidas.

Sus ojos azules todavía húmedos por las lágrimas.

Su apariencia delicada y frágil.

Una muñeca rota.

Sebastian apoyó ligeramente un brazo en el borde de la ventana.

Su presencia era tranquila.

Pero intimidante.

—Sube al coche.

Su voz era baja.

Pero absolutamente dominante.

Renata sintió que su corazón latía con fuerza.

—¿Por… qué…?

Sebastian inclinó ligeramente la cabeza.

Sus ojos verdes brillaron con algo oscuro.

Algo peligroso.

Algo casi divertido.

—Porque —dijo lentamente— sé exactamente lo que necesitas.

Renata se quedó paralizada.

—También sé… —continuó Sebastian— que el tiempo para salvar a tu madre se está acabando.

Las pupilas de Renata se contrajeron.

¿Cómo sabía eso?

El silencio se volvió pesado entre ellos.

Sebastian la observaba con calma.

Como si estuviera analizando cada una de sus reacciones.

Finalmente habló de nuevo.

—Renata.

Su nombre en sus labios sonó diferente.

Más profundo.

Más íntimo.

—Si realmente quieres salvarla…

Sus ojos verdes brillaron con intensidad.

—Sube.

El corazón de Renata latía con violencia.

El miedo recorría su cuerpo.

Pero también…

Había esperanza.

Una esperanza peligrosa.

Porque en ese momento Renata no lo sabía.

Pero estaba a punto de aceptar algo que cambiaría su vida para siempre.

Un trato.

Un acuerdo.

Un destino.

Y el hombre frente a ella…

Sebastian Vegetti.

Podía ser su salvación.

O su perdición.

El silencio dentro del automóvil era sofocante.

Renata seguía de pie junto a la ventanilla abierta, como si su cuerpo hubiera olvidado cómo moverse.

El aire parecía más pesado dentro de ese vehículo.

Más frío.

Más peligroso.

Los ojos verdes de Sebastian Vegetti no se apartaban de ella.

La observaban con una calma inquietante.

Como si cada emoción en el rostro de Renata fuera algo que él estuviera estudiando con atención.

Renata sentía que su corazón estaba a punto de salir de su pecho.

Ese hombre siempre le había causado una sensación extraña.

Incluso en las pocas ocasiones en que lo había visto en reuniones familiares.

Sebastian Vegetti era distinto.

No era como Antonio.

Antonio era frío.

Arrogante.

Distante.

Pero Sebastian…

Sebastian era otra cosa.

Algo más oscuro.

Más profundo.

Más peligroso.

Sus ojos verdes parecían contener secretos que nadie se atrevía a preguntar.

Renata tragó saliva.

—¿Por qué… sabes lo de mi madre…?

Sebastian no respondió inmediatamente.

Solo inclinó ligeramente la cabeza mientras seguía observándola.

Luego sus labios se curvaron apenas.

No era una sonrisa amable.

Era una sonrisa pequeña.

Amarga.

Peligrosa.

El tipo de sonrisa que hacía que un escalofrío recorriera la espalda.

—Porque —dijo con voz tranquila— yo fui quien te llevó al hospital anoche.

Renata sintió que su respiración se detenía.

—¿Tú…?

Sebastian la observó con calma.

—Te encontré inconsciente bajo la lluvia.

Sus ojos verdes se oscurecieron ligeramente.

—Parecías a punto de morir congelada. Que feo sería que la nuera de la Familia Vegetti muriera congelada como una mendiga.

El rostro pálido de Renata se tensó.

Por un momento no supo qué decir.

Había pensado que había sido Antonio.

Había querido creer que su esposo todavía se preocupaba por ella.

Pero no.

Había sido Sebastian.

El hermano de Antonio.

El hombre del que todos hablaban en voz baja.

El hombre que parecía vivir entre rumores y sombras.

Renata apretó sus manos con fuerza.

—Gracias… —murmuró.

Sebastian soltó una pequeña risa baja.

—No me agradezcas todavía.

Su mirada volvió a recorrer el rostro de Renata.

Sus ojos azules.

Sus mejillas pálidas.

Las lágrimas secas que aún marcaban su piel.

—Tu esposo fue bastante… cruel contigo.

El corazón de Renata se encogió.

—Él ya no es mi esposo… —susurró con dolor.

Sebastian levantó ligeramente una ceja.

—¿Ah, no?

Renata bajó la mirada.

—Quiere el divorcio.

Un silencio pesado cayó entre ellos.

Sebastian parecía sorprendentemente tranquilo.

Como si ya supiera eso.

—Entonces todo es más sencillo.

Renata levantó la mirada.

—¿Qué…?

Sebastian apoyó el brazo sobre el borde de la ventanilla.

Su postura era relajada.

Pero su presencia seguía siendo abrumadora.

—Sube al coche.

Su voz era suave.

Pero firme.

Renata dudó unos segundos.

Pero finalmente abrió la puerta y entró.

El interior del automóvil era tan elegante como el exterior.

Oscuro.

Impecable.

El aroma del cuero y un ligero perfume masculino llenaban el aire.

Renata se sentó con cuidado frente a él.

Sus manos seguían temblando.

Sebastian la observaba sin apartar la mirada.

Había algo casi depredador en esa calma.

—Sabes que el tiempo para salvar a tu madre se está acabando —dijo finalmente.

Renata sintió que su corazón se apretaba.

—Lo sé…

Su voz se rompió.

—Pero no tengo dinero.

Sus ojos se llenaron nuevamente de lágrimas.

—Antonio se negó a ayudarme.

Sebastian inclinó ligeramente la cabeza.

Como si esa información no lo sorprendiera en absoluto.

—Eso es exactamente lo que esperaba de mi hermano.

Renata respiró temblorosamente.

—No sé qué hacer…

Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente.

—No puedo perder a mi madre.

Su voz estaba llena de desesperación.

Pura.

Cruda.

Real.

—Ella es lo único que tengo.

Sebastian la observó en silencio.

Su expresión cambió ligeramente.

Esa sonrisa peligrosa volvió a aparecer en sus labios.

—Harías cualquier cosa por salvarla… ¿verdad?

Renata levantó la mirada.

Sus ojos azules brillaban con angustia.

—Sí.

La respuesta salió sin dudar.

—Lo que sea.

Sebastian entrecerró ligeramente los ojos.

—¿Cualquier cosa?

Renata asintió.

Su voz temblaba.

—Sí.

El silencio llenó el automóvil.

Y entonces…

Sebastian sonrió.

Esta vez su sonrisa fue más clara.

Pero también más oscura.

Más peligrosa.

Como si acabara de escuchar exactamente lo que quería.

—Perfecto.

Renata sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Sebastian se inclinó ligeramente hacia adelante.

Sus ojos verdes brillaban con una intensidad casi hipnótica.

—Entonces hagamos un trato.

El corazón de Renata latía con violencia.

—¿Un trato…?

Sebastian sostuvo su mirada.

Su voz bajó ligeramente.

—Divórciate de mi hermano.

El aire pareció desaparecer dentro del automóvil.

Renata se quedó completamente inmóvil.

Pero Sebastian aún no había terminado.

Su sonrisa se volvió más profunda.

Más peligrosa.

Más… diabólica.

—Cásate conmigo, Renata.

El corazón de Renata dejó de latir por un instante.

Sus ojos se abrieron con incredulidad.

—¿Qué…?

Sebastian no apartó la mirada.

Sus ojos verdes brillaban como dos esmeraldas en la oscuridad.

Y entonces pronunció las palabras que cambiarían el destino de Renata para siempre.

—Cásate conmigo…

Su voz era suave.

Pero absoluta.

—Y tu madre vivirá.

El mundo pareció detenerse.

Renata lo miraba sin poder respirar.

Un matrimonio.

Con el hermano de su esposo.

Con Sebastian Vegetti.

El hombre más peligroso de la familia Vegetti.

Sebastian inclinó ligeramente la cabeza.

Su sonrisa seguía allí.

Amarga.

Seductora.

Peligrosa.

—Entonces dime, Renata…

Sus ojos verdes se clavaron en los de ella.

—¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar para salvar a tu madre?

El silencio se volvió insoportable.

Porque en ese momento…

Renata entendió algo aterrador.

Sebastian Vegetti no estaba ofreciendo ayuda.

Estaba haciendo un pacto.

Y el precio de ese pacto.

Podría cambiar su vida para siempre.

— Solo tienes 60 segundos para decidir Renata o tu madre muere o vive.

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