La habitación del hospital estaba en silencio. Un silencio pesado. Frío.
Solo se escuchaba el suave pitido de las máquinas que vigilaban los signos vitales de la mujer que yacía en la cama.
Renata estaba sentada a su lado.
Sus manos sostenían con cuidado la mano débil de su madre.
La piel de la mujer estaba pálida.
Demasiado pálida.
Su respiración era lenta, frágil.
Cada respiración parecía una batalla.
Renata la observaba con los ojos llenos de tristeza.
Nunca había imaginado verla as