La noche había terminado envolviéndolos en una tranquilidad que ambos necesitaban. Después de la cena, del paseo por la ciudad y de las risas compartidas, el vehículo los condujo de regreso al Penthouse. Desde la ventanilla, Renata observó las luces de la ciudad desfilar como pequeñas estrellas artificiales mientras su mano permanecía entrelazada con la de Sebastian. Ninguno de los dos parecía tener prisa por hablar. El silencio entre ellos ya no era incómodo. Era un refugio construido con conf