Mundo ficciónIniciar sesión—¿Antonio…?
La voz de Renata tembló ligeramente cuando respondió la llamada. Su corazón latía con tanta fuerza que podía escucharlo en sus oídos. Durante un instante, del otro lado solo hubo silencio. Luego la voz fría de Antonio Vegetti atravesó el teléfono. —¿Para qué me llamas? Su tono era seco. Molesto. Como si recibir su llamada fuera una pérdida de tiempo. —¿Sabes lo ocupado que estoy? —continuó con irritación—. Recibir llamadas tuyas es bastante molesto. Las palabras golpearon el corazón de Renata como una piedra. Por un momento, su respiración se detuvo. La pequeña esperanza que había nacido en su pecho comenzó a romperse. Una parte de ella todavía había querido creer que Antonio la había llevado al hospital porque le importaba. Que quizás. En algún lugar dentro de ese hombre frío. Había un pequeño espacio para ella. Pero su voz acababa de destruir esa ilusión. Aun así. Renata cerró los ojos y respiró profundamente. No podía rendirse. No ahora. No cuando la vida de su madre estaba en juego. —Antonio… —dijo con voz suave, intentando controlar el temblor en su garganta— necesito verte. — Del otro lado del teléfono hubo un silencio breve. —Es urgente. — Renata apretó el teléfono con fuerza —Por favor. Antonio no respondió inmediatamente. Ese silencio se sintió interminable. Renata podía imaginarlo perfectamente al otro lado de la línea. Sentado en su elegante oficina. Con su traje perfectamente ajustado. Con esa mirada fría que nunca revelaba emociones. Finalmente. Antonio habló. —Ven a la empresa. El corazón de Renata dio un pequeño salto. —Estoy ocupado, así que no tengo tiempo para dramas. Su tono seguía siendo distante. —Si tienes algo que decir, dilo rápido. La llamada terminó sin siquiera una despedida. Pero Renata bajó el teléfono con manos temblorosas. Y aun así… Una pequeña luz apareció en sus ojos. Antonio había aceptado verla. Eso significaba que todavía tenía una oportunidad. Tal vez… Tal vez podría convencerlo. Tal vez él aceptaría ayudarla. Tal vez su madre aún podría salvarse. Renata respiró profundamente. El aire parecía volver lentamente a sus pulmones. Su corazón aún dolía. El recuerdo de la traición seguía allí. Pero ahora tenía algo más importante en qué pensar. Su madre. Renata levantó la mirada. No podía perder tiempo. Salió rápidamente del pasillo del hospital. Su cuerpo todavía estaba débil por el frío y el desmayo de la noche anterior, pero no le importó. El miedo le daba fuerza. Cuando llegó a la entrada del hospital, el cielo todavía estaba cubierto de nubes grises. La tormenta había pasado, pero el aire seguía frío y húmedo. Renata abrazó ligeramente su propio cuerpo mientras caminaba hacia la calle. Un taxi pasaba justo en ese momento. Ella levantó la mano con urgencia. El vehículo se detuvo. —A la empresa Vegetti, por favor —dijo mientras subía. El taxi arrancó. Renata miró por la ventana mientras el hospital se alejaba lentamente. No sabía que alguien la estaba observando. Desde el otro lado de la calle. De pie junto a un automóvil negro de lujo. Un hombre permanecía en silencio. Sus ojos estaban fijos en el taxi que acababa de partir. Eran unos ojos verdes. Pero no eran ojos comunes. Su color era profundo y oscuro, como un bosque antiguo cubierto por sombras. Había algo en ellos que imponía respeto. Algo que advertía peligro. Aquellos ojos no pertenecían a un hombre ordinario. Había poder en esa mirada. Un poder silencioso. Frío. Calculador. El tipo de poder que podía destruir imperios… o crearlos. El hombre observó cómo el taxi desaparecía entre el tráfico. Su expresión no cambió. Pero en el fondo de sus ojos verdes apareció un brillo peligroso. —Renata Mendoza —murmuró con voz baja. Su tono era suave. Pero tenía una autoridad natural. Como si el mundo entero estuviera acostumbrado a obedecerlo. Un asistente que estaba de pie a su lado habló con respeto. —Señor, ¿debemos seguirla? El hombre guardó silencio por un momento. Luego negó lentamente. —No. Sus ojos aún estaban dirigidos hacia la dirección en la que se había ido el taxi. —Todavía no. El asistente inclinó la cabeza. —Entiendo. El hombre se acomodó ligeramente el traje oscuro que llevaba. Su presencia era imponente. Alta. Elegante. Y peligrosa. Un hombre acostumbrado a dominar todo lo que tocaba. Volvió a mirar el hospital por un instante. Recordó la escena de la noche anterior. La lluvia. La mujer inconsciente bajo la tormenta. El rostro pálido de Renata iluminado por los relámpagos. Y esos ojos azules… Incluso inconsciente, su belleza había sido imposible de ignorar. Delicada. Frágil. Como una muñeca de porcelana abandonada en medio de la tormenta. Pero había algo más en ella. Algo que había llamado su atención. Algo que lo había hecho detener el automóvil. Algo que lo había hecho llevarla personalmente al hospital. El hombre entrecerró ligeramente los ojos. —Interesante… Luego caminó hacia su automóvil. El asistente abrió la puerta inmediatamente. Antes de entrar, el hombre dijo con calma: —Investiga la situación exacta. El asistente asintió. —Sí, señor. El automóvil negro arrancó lentamente. Desapareciendo en la avenida. Mientras tanto. El taxi avanzaba entre el tráfico de la ciudad. Renata sostenía su teléfono con fuerza. Su corazón estaba lleno de emociones contradictorias. Dolor, esperanza, miedo. Pero sobre todo. Determinación. Porque en ese momento solo había un pensamiento en su mente. Salvar a su madre. Incluso si para hacerlo tenía que volver a enfrentarse al hombre que había roto su corazón. Antonio Vegetti. El enorme edificio de la empresa Vegetti se alzaba en el centro financiero de la ciudad como un símbolo de poder absoluto. Cincuenta pisos de cristal y acero que reflejaban el cielo gris de la mañana. Miles de personas entraban y salían todos los días de aquel lugar, pero para Renata ese edificio siempre había tenido un significado especial. Era el imperio de su esposo. El mundo al que ella nunca había pertenecido realmente. El taxi se detuvo frente a la entrada principal. Renata bajó con pasos inseguros. Sus piernas todavía estaban débiles por el desmayo de la noche anterior, pero no podía permitirse pensar en eso. Su madre dependía de ella. El viento frío agitó ligeramente su cabello rubio mientras levantaba la mirada hacia el edificio. Su corazón latía con fuerza. Tenía miedo. Mucho miedo. Pero aun así caminó hacia la entrada. Los empleados que pasaban por el vestíbulo se detuvieron un momento al verla. Renata siempre llamaba la atención. Su belleza tenía algo delicado y etéreo, como si fuera una muñeca de porcelana traída de un cuento. Su piel clara parecía casi translúcida bajo las luces del edificio. Sus ojos azules, normalmente tranquilos y suaves, ahora estaban llenos de ansiedad y preocupación. Pero incluso en ese estado de angustia, su elegancia natural era imposible de ignorar. Los guardias de recepción la reconocieron inmediatamente. —Señora Vegetti —dijo uno de ellos con respeto. Renata apenas asintió. —Vengo a ver al señor Vegetti. Uno de los asistentes hizo una llamada rápida. Después de unos segundos, levantó la mirada. —El señor Vegetti la está esperando en su oficina. Renata sintió que su estómago se encogía. Respiró profundamente. Luego caminó hacia el ascensor. Cada segundo que pasaba parecía eterno. Cuando finalmente llegó al último piso, la secretaria personal de Antonio la esperaba. —Puede pasar —dijo con tono profesional. Renata caminó lentamente hasta la enorme puerta de madera oscura. La puerta del despacho del CEO. Empujó la puerta. Y entró. Antonio Vegetti estaba sentado detrás de su enorme escritorio. Vestía un traje negro impecable. Su presencia llenaba toda la habitación. Alto. Elegante. Poderoso. Pero su rostro estaba completamente frío. Sus ojos oscuros apenas se levantaron del documento que estaba leyendo. —Llegaste tarde —dijo sin mirarla. Renata sintió que su corazón se encogía. Antonio dejó el documento sobre el escritorio y finalmente levantó la mirada hacia ella. No había emoción en sus ojos. Solo indiferencia. —Tienes sesenta segundos. Renata se quedó paralizada. —¿Q… qué…? Antonio cruzó las manos sobre el escritorio. —Sesenta segundos para decir lo que tengas que decir. Su voz era tranquila. Pero cruel. —Después de eso, me iré a mi próxima reunión. El corazón de Renata comenzó a latir con fuerza. Sus manos temblaban. Su respiración se volvió irregular. Era como si una presión invisible estuviera aplastando su pecho. Tenía miedo. Mucho miedo. Antonio siempre había sido un hombre imponente. Pero ahora… Ahora parecía un completo extraño. Frío. Distante. Cruel. Renata apretó sus manos con fuerza. No podía perder el tiempo. —Antonio… —comenzó con voz temblorosa— necesito tu ayuda. Antonio miró su reloj. —Cincuenta segundos. El miedo recorrió el cuerpo de Renata. —Mi madre… está muy enferma. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Los médicos dijeron que necesita un tratamiento urgente. Antonio no reaccionó. —El tratamiento es muy costoso… pero tú tienes un seguro médico empresarial que puede cubrirlo. Renata dio un pequeño paso hacia el escritorio. —Solo necesito que lo autorices. Su voz se quebró. —Por favor. Antonio la observó en silencio durante unos segundos. Luego se reclinó lentamente en su silla. —Terminaste. Renata lo miró confundida. —¿Qué…? Antonio tomó un documento del escritorio. —Antes de que hables de seguros o dinero… hay algo que debemos resolver primero. Deslizó el documento hacia ella. —Nuestro divorcio. Las palabras cayeron como un trueno. Renata sintió que el mundo se detenía. —No… —susurró. Antonio la miró con frialdad. —No pierdas tu tiempo viniendo aquí a pedirme favores. Su voz era dura. —Firma el divorcio y vete. Las manos de Renata comenzaron a temblar. —Antonio… por favor… mi madre… Antonio levantó una mano para detenerla. —No me importa. El silencio fue devastador. Renata sintió que su corazón se rompía otra vez. —No es mi madre —continuó Antonio con frialdad—. No tengo ninguna razón para pagar su tratamiento. Y tampoco soy médico. Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Renata. —Pero ella también es la madre de Claudia… Antonio se encogió de hombros. —Entonces pídele ayuda a Claudia. El dolor en el pecho de Renata se volvió insoportable. —Antonio, te lo suplico. Pero Antonio ya no estaba escuchando. Su expresión se volvió completamente impaciente. —Estás perdiendo el tiempo y me lo estas haciendo perder también a mi. Luego presionó un botón en su escritorio. —Seguridad. La puerta se abrió inmediatamente. Dos guardias entraron al despacho. Renata los miró con terror. —Saquen a esta mujer de aquí. Las palabras fueron como un cuchillo. —Antonio… —susurró Renata. Pero él ya había vuelto a mirar sus documentos. Como si ella no existiera. Los guardias tomaron a Renata por los brazos. Ella intentó resistirse. —¡Suéltenme! Pero su cuerpo estaba demasiado débil. —¡Antonio! Él no levantó la mirada. Los guardias la arrastraron fuera del despacho. A través del pasillo. A través del vestíbulo. Bajo las miradas curiosas de los empleados. Finalmente… La empujaron fuera del edificio. Renata cayó al suelo de la acera. Sus manos temblaban. Sus rodillas raspadas contra el cemento. Los guardias cerraron las puertas del edificio sin mirar atrás. El enorme edificio Vegetti se alzaba frente a ella como una fortaleza fría. Renata permaneció en el suelo durante unos segundos. Las lágrimas corrían por su rostro. Su corazón estaba completamente roto. Antonio la había humillado. La había tratado como si fuera basura. Como si su vida no valiera nada. Pero entonces… Algo cambió. Renata levantó lentamente la cabeza. Sus ojos azules estaban llenos de lágrimas. Pero también… Había algo nuevo en ellos. Determinación. Renata se levantó lentamente del suelo. Sus piernas aún temblaban. Pero su voz salió firme. —No. Apretó sus manos con fuerza. —No voy a permitir que me humillen así. El viento agitó su cabello mientras miraba el edificio. —No voy a permitir que Antonio Vegetti me trate como si fuera basura. Sus ojos brillaban con una nueva fuerza. —Y voy a salvar a mi madre. Sus labios temblaron ligeramente. Pero su voz fue clara. —Haré lo que sea necesario. Pero no te voy a rogar por ayuda, y mucho menos por amor. Renata Mendoza había sido destruida. Humillada. Traicionada. Pero en ese momento… Algo dentro de ella estaba empezando a despertar. Algo que ni Antonio ni Claudia habían visto venir. Porque la mujer que acababa de levantarse de ese suelo. Ya no era la misma que había entrado al edificio.






