Un matrimonio por desesperación con mi cuñado
Un matrimonio por desesperación con mi cuñado
Por: Luck
TRAICIÓN

El sonido del monitor cardíaco era lo único que rompía el silencio del consultorio. Un pitido constante, frío, clínico. Renata Mendoza sentía que ese sonido perforaba directamente su pecho.

El doctor dejó el expediente sobre el escritorio con un gesto lento, como si cada movimiento pesara toneladas.

—Señora Mendoza… —dijo finalmente—. Necesito que mantenga la calma.

Renata apretó con fuerza la correa de su bolso. Sus dedos temblaban.

—Doctor… ¿mi madre está bien? —preguntó con un hilo de voz.

El médico suspiró. Definitivamente le costaba dar aquella respuesta a la pequeña mujer.

—Los estudios que realizamos esta semana confirmaron algo que temíamos… —hizo una pausa breve, buscando las palabras correctas—. El cáncer ha regresado.

El mundo se detuvo.

Renata sintió que el aire desaparecía del consultorio.

—¿R… regresó…? —murmuró.

El doctor asintió con expresión grave.

—Y esta vez es más agresivo.

Las palabras cayeron sobre ella como una tormenta brutal.

Por un instante, Renata no escuchó nada más. Sus oídos zumbaban, como si una ola inmensa hubiera golpeado su mente.

Su madre.

La única persona que siempre había estado a su lado.

La mujer que la había criado sola después de que su padre las abandonara.

La mujer que había trabajado día y noche para que Renata pudiera estudiar, crecer y tener un futuro.

La mujer que sonreía incluso cuando estaba cansada.

Renata sintió que su pecho se rompía.

—Pero, pero ella ya se había recuperado —susurró con desesperación—. Los médicos dijeron que estaba en remisión…

—Lo estaba —respondió el doctor con suavidad—. Pero en algunas ocasiones la enfermedad vuelve.

Renata bajó la mirada. Sus manos temblaban sobre sus rodillas.

—¿Hay tratamiento?

—Sí. Pero el procedimiento es complicado y bastante costoso, que tú seguro no podrá cubrir.

El doctor abrió otra carpeta y deslizó un documento hacia ella.

—Necesitaremos iniciar inmediatamente quimioterapia avanzada y un tratamiento experimental.

Renata observó los números impresos en el papel. El costo era absurdo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Ella trabajaba, sí. Pero su salario no alcanzaba ni siquiera para una pequeña parte de aquel tratamiento, su garganta se cerró.

Entonces, un nombre apareció en su mente.

Antonio.

Su esposo.

El poderoso CEO Antonio Vegetti.

Uno de los empresarios más influyentes del país. El hombre con el que se había casado hacía tres años. Un matrimonio que en el papel parecía perfecto.

Riqueza.

Poder.

Elegancia.

Pero en realidad…

Antonio siempre había sido frío con ella.

Distante.

Indiferente.

Aun así, era su esposo.

Y ella sabía que para él ese dinero no era nada.

Renata respiró profundamente, intentando contener las lágrimas.

—Doctor—dijo con voz quebrada—. Haré todo lo posible para conseguir el dinero.

El médico asintió con comprensión.

—Cuanto antes iniciemos el tratamiento, mejor.

Renata se levantó lentamente. Sentía las piernas débiles. Pero en su corazón ya había tomado una decisión. Iba a pedir ayuda. Aunque tuviera que arrodillarse. Aunque tuviera que humillarse. Por su madre. Renata Mendoza Haría cualquier cosa.

Una hora después, el automóvil se detuvo frente a la enorme mansión Vegetti. Una residencia imponente rodeada de jardines perfectamente cuidados. Renata bajó del taxi con pasos apresurados. El cielo comenzaba a oscurecer. El viento agitaba suavemente su largo cabello rubio. Renata era una mujer de una belleza que podía dejar sin aliento a todos, era como una reina. Su piel era clara como porcelana. Sus ojos azules brillaban con una intensidad profunda, como el océano en una tarde de verano. Su figura era delicada y elegante, con una gracia natural que hacía que incluso el vestido más sencillo pareciera una obra de arte.

Muchos decían que parecía una muñeca.

Una princesa de cuento.

Pero en ese momento. Sus ojos estaban llenos de tristeza.

Renata caminó rápidamente hacia la entrada de la mansión.

Los sirvientes se sorprendieron al verla.

—Señora Vegetti —saludó uno de ellos—. Pensábamos que regresaría mañana.

Renata apenas respondió. Pero era evidente que los sirvientes se volvieron ansiosos ante la presencia de ella.

—Necesito hablar con Antonio.

Subió las escaleras con rapidez. Su corazón latía con fuerza. Ella sabía que Antonio normalmente regresaba tarde de la empresa. Pero hoy, ella necesitaba verlo. Necesitaba suplicarle ayuda.

Cuando llegó al pasillo del segundo piso, notó algo extraño. La puerta de la habitación principal estaba entreabierta. Una tenue luz salía del interior.

Renata frunció el ceño. Antonio rara vez llegaba temprano. Pero tal vez hoy. Tal vez estaba allí. Tal vez podría hablar con él ahora mismo. Renata respiró profundamente.

Luego empujó la puerta.

Y entró.

El mundo se rompió.

La escena frente a sus ojos fue como un cuchillo atravesando su corazón.

En la enorme cama matrimonial. Antonio estaba desnudo. Y no estaba solo. Una mujer estaba con él. Sus cuerpos entrelazados entre las sábanas. La respiración agitada. La piel pegada y sudorosa, por supuesto la fragancia de sexo inunda la habitación.

Renata sintió que su mente dejaba de funcionar. El hombre levantó la mirada. El poderoso CEO Antonio Vegetti. Alto. Apuesto. De mirada fría y arrogante. Sus ojos oscuros se encontraron con los de Renata. Pero no había culpa en ellos. Ni siquiera sorpresa. Solo molestia. Como si ella fuera la intrusa.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz fría Antonio Vegetti.

Pero Renata no lo estaba mirando a él. Sus ojos estaban fijos en la mujer que estaba a su lado. La mujer levantó lentamente el rostro.

Y sonrió. Fue una sonrisa provocadora. Triunfante. Renata sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—Hola… hermanita.

Era su hermana.

Claudia.

La misma hermana que había crecido con ella.

La misma hermana que había llorado en su boda.

La misma hermana a la que Renata siempre había protegido.

Renata sintió que su corazón se hacía pedazos.

—C… Claudia… —susurró.

Claudia se acomodó contra el pecho de Antonio con total naturalidad. Como si perteneciera allí.

—No deberías entrar sin tocar —dijo con tono despreocupado—. Podrías ver cosas que no te gustan.

Las piernas de Renata temblaban.

—¿Por… qué…? —susurró.

Antonio suspiró con fastidio.

—Renata, esto es ridículo. No hagas una escena.

Ella lo miró con incredulidad.

—¿Una escena…?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¡Es mi hermana!

Antonio se encogió de hombros.

—¿Y?

Esa simple palabra destruyó lo último que quedaba del corazón de Renata.

Claudia rió suavemente.

—Vamos, Renata. No pongas esa cara —dijo con burla—. Sabes perfectamente que Antonio nunca te quiso.

Cada palabra era una daga. Renata retrocedió un paso. Su mente recordaba por qué había venido. Su madre. El hospital. El diagnóstico. El dinero que necesitaba, pero ahora todo parecía una pesadilla. Antonio tomó su teléfono con indiferencia.

—Si ya terminaste de mirar, cierra la puerta al salir.

Renata sintió que algo dentro de ella moría.

Las lágrimas finalmente comenzaron a caer por sus mejillas.

Pero no dijo nada.

No gritó.

No suplicó.

Solo miró por última vez a las dos personas que habían destrozado su vida.

Y salió de la habitación.

La puerta se cerró suavemente detrás de ella.

En el pasillo vacío. Renata finalmente se derrumbó. Las lágrimas corrían sin control. Su matrimonio era una mentira. Su hermana la había traicionado. Y su madre. Su madre estaba muriendo.

Renata levantó lentamente el rostro.

Sus ojos azules, antes llenos de dulzura, ahora brillaban con una tristeza profunda.

Pero también, con una chispa nueva.

Una chispa que aún no entendía. Una chispa que algún día se convertiría en algo más.

Determinación.

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