El silencio después del beso fue más elocuente que cualquier palabra. No hubo buenas noches, ni promesas, ni explicaciones. Solo el sonido de nuestra respiración entrecortada mezclándose en la oscuridad antes de que, por un mutuo acuerdo tácito, nos separáramos. Él me soltó con una lentitud que hizo que cada centímetro de mi piel protestara por la pérdida de su calor. Yo desenredé mis piernas de su cintura y mis pies encontraron el suelo frío. Sin mirarnos, cada uno tomó un camino diferente en