El mensaje de Silas ardía en mi pantalla, una sentencia de dos líneas que había reducido años de amistad a cenizas. «Accedieron al teléfono. Tiene una copia del video.» No hubo rabia en un primer momento. Solo un vacío enorme, un desgarro frío en el centro de mi pecho donde antes habitaba la certeza de su lealtad. La lealtad por la que había manchado mis manos.
No conduje directamente a su casa. Di vueltas, sin rumbo, mientras la tormenta interior crecía. La negación fue la primera en llegar, furiosa y defensiva. ¿Y si Silas lo había manipulado todo? ¿Si había falsificado la evidencia para… para qué? ¿Para tenerme confundida y dudosa? Pero no. La lógica, cruel e implacable, se impuso. Silas no necesitaba inventar algo así. La verdad era suficientemente devastadora por sí sola.
Cuando por fin estacioné frente a la majestuosa y ahora siniestra casa de Sofía y su familia, sentía una calma peligrosa, la quietud que precede a la explosión. Toqué el timbre, y cuando la doncella me abrió, pa