La semilla de la duda que Silas había plantado crecía en la oscuridad de mi mente, una enredadera venenosa que se enroscaba alrededor de cada recuerdo que tenía de Sofía. Él, con esa calma exasperante que lo caracterizaba, no presionó. Solo esperó. Y después de que lo negué todo, y había vaciado la copa de vino, en un silencio elocuente, me presentó su plan.
Era simple, casi elegante en su perfidia. Un señuelo. Una prueba de fuego para la lealtad de mi mejor amiga.
—¿Estás dispuesta a participa