El aire en la habitación era espeso, cargado de un silencio eléctrico que me atravesaba los nervios. Greco, con los ojos turbios por el alcohol y la codicia, sonreía como un lobo que cree tener atrapada a su presa. Lo dejé creerlo. Jugué mi papel con una precisión que me revolvía las entrañas.
—¿Qué esperas, preciosa? —murmuró, su respiración áspera chocando contra mi cuello mientras intentaba besarme.
Me aparté con una risa fingida, ligera, como si de verdad lo estuviera seduciendo. Por dentro