Mundo de ficçãoIniciar sessãoMartina regresa a su ciudad natal después de siete años huyendo de un corazón roto. Su ex novio, Ethan, está a punto de casarse con su hermana, y ella necesita aparecer en esa boda sin verse como la víctima que quedó atrás. Desesperada, contrata a Christian Delgado, un CEO despiadado y magnético, para que sea su acompañante por una noche. Lo que comienza como un acuerdo transaccional se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba. En una noche de champán, besos y confesiones, Martina y Christian descubren que el deseo puede ser más peligroso que cualquier arma. Pero cuando un secreto del pasado de Christian sale a la luz —uno que involucra a la familia de Martina— ambos deberán decidir si el amor que están construyendo es lo suficientemente fuerte para sobrevivir a la verdad. Mientras Martina trabaja en su startup de diseño de moda, y Christian lucha con los demonios que creía haber enterrado, un bebé abandonado aparece en su puerta. Los lazos que los unen se hacen más complicados cuando descubren que este pequeño es la clave para desatar todos los secretos guardados. Una historia de segundas oportunidades, pasiones intensas, y la pregunta eterna: ¿Puede alguien cambiar lo suficiente para merecer el amor?
Ler maisLa lluvia azotaba contra las ventanas del penthouse como si quisiera romper el vidrio. Martina estaba de pie frente al espejo, observando su reflejo con ojos que no reconocía. El vestido blanco que llevaba era perfecto —demasiado perfecto— para lo que estaba a punto de hacer.
Siete años.
Siete años desde que Ethan desapareció sin una palabra. Siete años viendo fotos de él en las redes con otras mujeres, sonriendo como si nunca hubiera existido alguien llamada Martina en su vida. Y ahora, la boda de su hermana con su ex estaba a punto de suceder, y ella iba a entrar en ese salón sin mirar atrás.
"Necesito un hombre a mi lado", se susurró a sí misma.
Su teléfono vibró. Era su amiga Lucía.
—¿Ya estás lista? Porque si no apareces en este evento luciendo como la diosa que eres, juro que te mato.
Una sonrisa amarga tocó los labios de Martina.
— Estoy lista. Pero tengo un problema.
— ¿Cuál?
— No tengo acompañante.
Del otro lado de la línea, Lucía soltó una risa que sonaba como una campana.
— ¿En serio? ¿Con todo lo que pagaste?
Martina había contratado un acompañante para la noche. Alguien hermoso, rico, convincente. Alguien que hiciera que Ethan sintiera el peso de lo que perdió. Pero el tipo le había cancelado hace una hora, alegando una "emergencia".
— Sí, en serio. Me canceló.
— Pues consigue otro. Tienes dos horas, reina.
— Lucía, no es tan fácil encontrar un hombre que...
— Espera. Espera espera espera. ¿Escuchaste eso?
— ¿El qué?
— En las noticias. Está diciendo que Christian Delgado, el CEO de Delgado Industries, acaba de romper con su novia la modelo, pasó hace diez minutos. Está en el Hotel Majestic, abajo del lugar donde es la boda.
Martina se quedó quieta.
— No.
— Sí.
— Lucía, no voy a hacer eso.
— ¿Por qué no? Es perfecto. Es guapísimo, es rico, tiene poder, y está visiblemente solo. Es el hombre que Ethan querría ser.
— Eso es... acoso.
— Es estrategia, bebé. Vamos.
Martina colgó. Su corazón latía demasiado rápido. Respiró profundo, se miró una vez más en el espejo, recogió su bolso y bajó.
El Hotel Majestic era un lugar donde los ricos iban a lamerse sus heridas. Cuando entró al bar de la planta baja, lo vio de inmediato. No era difícil notarlo. Era el hombre más magnético de la sala: cabello oscuro perfectamente desordenado, traje negro que parecía haber sido pintado sobre su cuerpo, y unos ojos grises que miraban su vaso de whisky como si ese vaso hubiera sido quien lo traicionó.
Martina se acercó.
— Hola.
Él levantó la vista lentamente. Sus ojos recorrieron cada parte de ella en cuestión de segundos. Martina vio el momento exacto en que algo cambió en su expresión —un destello de interés, tal vez, o de hambre.
— Hola —respondió él, su voz era como chocolate derretido. Peligrosa.
— Esto va a sonar loco, pero necesito un favor.
Una sonrisa lenta se formó en sus labios.
— ¿Qué clase de favor?
— Necesito que seas mi acompañante en una boda. Durante toda la noche. Necesito que me mires como si no pudieras vivir sin mí. Necesito que hagas que un hombre específico se muera de celos.
Christian no apartó los ojos de ella.
— ¿Estás loca?
— Probablemente.
— ¿Y qué gano yo?
Martina metió la mano en su bolso y sacó un fajo de billetes. Suficientes para que cualquier hombre normal lo considerara.
— Cinco mil euros.
Christian miró el dinero, luego a ella, y soltó una risa que reverberó en el pecho de Martina de una manera que no esperaba.
— ¿Crees que necesito dinero?
— No. Pero probablemente necesites distracción. Vi la noticia sobre tu ruptura.
Algo oscuro pasó por sus ojos.
— La prensa.
— Exacto. Y nada mata una ruptura como aparecer en una boda del brazo de una mujer que brilla más que la novia.
Christian se reclinó en su silla, estudiándola como si fuera un puzzle que no podía resolver.
— Tienes confianza. Me gusta.
— ¿Eso es un sí?
Él se levantó, dejando su vaso sobre la barra. Cuando estuvo de pie, Martina entendió exactamente qué había atrapado a esa modelo. Era la forma en que se movía, como si fuera dueño del aire que respiraba.
— No por el dinero —dijo, extendiéndole la mano—. Porque me intrigas. Y hace mucho que nada me intriga.
Ella tomó su mano, y en el instante en que sus dedos se tocaron, sintió una descarga eléctrica que la recorrió de pies a cabeza.
La boda fue exactamente lo que esperaba: tortuosa.
Ethan estaba allí, en la primera fila, con la sonrisa de un hombre que había ganado. Y cuando Martina entró del brazo de Christian, vio el momento en que esa sonrisa se congeló en su rostro.
— ¿Es él? —susurró Christian en su oído, con su mano puesta en la parte baja de su espalda.
— Sí.
— Pues vamos a darle un espectáculo.
Y lo hicieron. Christian la miraba como si fuera lo único que importara en el mundo. Sus dedos no dejaban su cintura. Sus ojos no dejaban su rostro. Cuando brindaron, él le susurró algo que la hizo sonreír de verdad, no la sonrisa falsa que había practicado en el espejo.
Pero lo peor llegó después de la ceremonia.
En la pista de baile, Christian la tomó entre sus brazos. La música era lenta, peligrosa. Martina podía sentir cada músculo de su pecho contra el suyo.
— Esto es una locura —susurró ella.
— Lo sé —respondió él con su boca cerca de su cuello—. Pero ¿no te encanta?
Ella quiso decir que no. Quiso mantener la cordura, recordar que esto era un acuerdo, un acto.
Pero entonces él levantó su rostro con un dedo en su barbilla, y sus ojos grises la miraron de una manera que hizo que todo lo demás desapareciera.
Él se inclinó. Ella cerró los ojos.
Y su boca encontró la de ella como si hubiera estado buscándola toda su vida.
El beso fue explosivo, ardiente, tan genuino que Martina sintió como si su corazón saliera de su pecho. No importaba que Ethan estuviera mirándolos. No importaba nada excepto el sabor de Christian, la forma en que su lengua se movía contra la suya, como si estuviera reclamando cada parte de ella.
Cuando se separaron, él apoyó su frente contra la suya.
— Acabamos de destruir mi plan —susurró ella.
— Lo sé —respondió él, y sus labios rozaron los de ella una vez más—. Pero a cambio, creo que acabamos de crear algo mucho mejor.
Esa noche, en la suite del Hotel Majestic, Martina descubrió qué pasaba cuando el deseo verdadero encontraba a alguien que podía devolverlo con la misma intensidad.
Christian la desnudó lentamente, besando cada centímetro de piel que revelaba.
— Eres hermosa —murmuró contra su clavícula.
— Para —pidió ella, sus manos temblaban entrelazadas en su cabello.
Pero él no paró. Sus manos descendieron por sus costillas, sus dedos trazaron un camino que la hizo jadear. La levantó como si pesara nada y la llevó a la cama, donde le mostró exactamente cuánto la deseaba.
Esa noche, Martina no pensó en Ethan ni una sola vez.
El silencio en el ascensor privado era sofocante.Martina miraba fijamente los números que se iluminaban conforme subían hacia el piso treinta y dos. Su corazón latía a un ritmo que la asustaba. Christian estaba a su lado, pero sentía como si estuviera a un kilómetro de distancia. El hombre que la había besado hacía apenas una hora, que había susurrado cosas en su cuello que la hacían arder, ahora era un extraño.Un extraño que guardaba secretos enterrados en cajas de seguridad.—No debería haber esperado —murmuró Christian, su voz era frágil como el vidrio roto—. Debería haberlo hecho desde el principio.—¿Me lo dices ahora para sentirte mejor? —preguntó ella, sin mirarlo—. ¿Para poder decirte a ti mismo que al menos lo intentaste?Las puertas del ascensor se abrieron con un susurro. La oficina estaba vacía a esa hora de la noche. Las luces de la ciudad se derramaban por los ventanales, creando sombras alargadas sobre los escritorios abandonados.Christian caminó hacia su despacho. M
El penthouse de Christian olía a lluvia y a él.Martina estaba de pie en la sala de estar, mirando la ciudad desde las ventanas. La noche pulsaba debajo de ellos como un corazón vivo. Llevaba la llave en su bolsillo desde hacía tres días —tres días de tentación, de encuentros clandestinos en rincones oscuros, de mensajes que la hacían arder.Finalmente, había venido.—Pensé que no llegarías —dijo Christian desde atrás. Su voz era terciopelo y peligro mezclados.Martina no se giró.—Casi no vengo.Él se rió en un sonido bajo que resonó en el pecho de ella.—Mentira. Hace dos horas que envié a mi conductor por ti. —la giró hasta tenerla de frente—. Llevas ese vestido sabiendo exactamente qué me haría.Era cierto. El vestido negro era un pecado de seda. Ella lo sabía. Y lo había elegido por eso.—Tenemos que hablar —dijo Martina, pero sus manos ya estaban en su camisa, desabrochándola lentamente—. Esto está fuera de control.—Lo sé. Me encanta. —Christian tomó su rostro entre sus manos—.
El perfume de Christian aún permanecía en el aire de la oficina cuando Martina se alisaba la blusa con manos temblorosas. Su cabello estaba revuelto. Su maquillaje, corrido. Sus labios, inflamados de tanto besar.—Esto fue una mala idea —susurró, aunque ambos sabían que era una mentira.Christian estaba recostado contra el escritorio, rebajándose el cuello de la camisa, dejando ver las marcas de uñas que ella acababa de dejarle. Sonreía como un depredador satisfecho.—Una mala idea extraordinaria —respondió con sus ojos grises aún ardiendo—. Pero está claro que no podemos seguir haciéndolo en tu oficina. Próxima vez, mi penthouse. Mi cama. Todo el tiempo que queramos.—No va a haber próxima vez.—Mentira. —Se incorporó, acercándose a ella con lentitud deliberada—. Dime que ya no estás imaginándote dónde más podemos hacer esto.Martina se cruzó de brazos, intentando parecer indiferente. Era inútil. Christian ya la conocía demasiado bien, y habían pasado apenas cuatro días desde aquella
El sonido del despertador atravesó el silencio como un puñal.Martina abrió los ojos lentamente, tenía el cuerpo adolorido, la mente nublada. Por un momento —un momento precioso— no recordó nada. Pero entonces vio su nombre marcado en su piel. Mordiscos en el cuello. Arañazos en sus hombros.Su corazón se aceleró.Se incorporó bruscamente, la sábana cayó de su cuerpo desnudo. La suite estaba silenciosa. El balcón donde habían... donde él la había...Respira, Martina.Levantó el teléfono. Diecinueve llamadas perdidas de Lucía. Veintidós mensajes. Su mejor amiga había escrito en mayúsculas: ¿DÓNDE ESTÁS? ¿ESTÁS BIEN? ¿QUÉ PASÓ CON CHRISTIAN DELGADO?Martina leyó los mensajes mientras se levantaba, buscando su ropa. No sabía dónde estaba. Esparcida. Destrozada. Literalmente.Encontró su vestido hecho jirones cerca del balcón.Maldita sea.Se envolvió en una bata del hotel y caminó hacia la sala. El penthouse estaba vacío. Silencioso. Una botella de champán a medio terminar descansaba sob
La suite del Hotel Majestic apestaba a lujo y secretos.Martina Navarro estaba de pie bajo la ducha, dejando que el agua caliente borrara el maquillaje, las mentiras y la rabia de siete años. Sus manos temblaban. No sabía si era por el frío o por lo que acababa de hacer en esa pista de baile, rodeada de cientos de personas, dándole un espectáculo a Ethan que le permitiera entender, de una puñetazo, todo lo que había perdido.Un beso.Solo un maldito beso de Christian Delgado y Ethan se había puesto blanco como la muerte.Se envolvió en la bata de seda blanca del hotel, aún mojada, sintiendo el tejido pegarse a su piel. Salió del baño y se encontró a Christian de pie en el balcón, observando la ciudad de noche. Llevaba solo los pantalones del traje. Su espalda era música: músculos tensos, cicatrices que contaban historias que ella no se atrevería a preguntar, piel bronceada que brillaba bajo la luz de la luna.—Viniste —dijo él recordando el momento sin voltearse.Su voz era peligrosa.
La lluvia azotaba contra las ventanas del penthouse como si quisiera romper el vidrio. Martina estaba de pie frente al espejo, observando su reflejo con ojos que no reconocía. El vestido blanco que llevaba era perfecto —demasiado perfecto— para lo que estaba a punto de hacer.Siete años.Siete años desde que Ethan desapareció sin una palabra. Siete años viendo fotos de él en las redes con otras mujeres, sonriendo como si nunca hubiera existido alguien llamada Martina en su vida. Y ahora, la boda de su hermana con su ex estaba a punto de suceder, y ella iba a entrar en ese salón sin mirar atrás."Necesito un hombre a mi lado", se susurró a sí misma.Su teléfono vibró. Era su amiga Lucía.—¿Ya estás lista? Porque si no apareces en este evento luciendo como la diosa que eres, juro que te mato.Una sonrisa amarga tocó los labios de Martina.— Estoy lista. Pero tengo un problema.— ¿Cuál?— No tengo acompañante.Del otro lado de la línea, Lucía soltó una risa que sonaba como una campana.—
Último capítulo