El tiempo había pasado como un suspiro. Tres años desde aquella boda que aún vivía en mi piel como una cicatriz hermosa, también tres desde que Gabriel llegó a nuestras vidas con su llanto fuerte y sus ojos grises idénticos a los de Luca. La casa Moretti se había convertido en un refugio lleno de voces infantiles, risas que retumbaban contra los pasillos, y la constante certeza de que, a pesar de los peligros que nos rodeaban, habíamos conseguido algo sagrado: una familia.
Aquel día era uno de