Mundo ficciónIniciar sesiónAlessia Vittoria Bellerose es millonaria, curvy y demasiado rica para confiar en el amor. Después de ser usada por hombres que solo querían su fortuna, su última relación termina en una boda fallida y con dos millones de dólares menos en su cuenta. Desde entonces, Alessia jura no volver a caer. Pero Dante Salvatore Valcárcel, conocido en el bajo mundo como El Mano Negra, tiene otros planes. Arruinado tras un negocio fallido y desesperado por recuperar su poder, el peligroso mafioso ve en Alessia la oportunidad perfecta: conquistarla, casarse con ella y quedarse con su fortuna. Lo que no espera es que esa mujer desconfiada, herida y de curvas imposibles despierte algo que él creía muerto. Ella no quiere volver a amar. Él solo quería usarla. Pero entre mentiras, deseo y peligro, ambos descubrirán que el amor puede ser el negocio más arriesgado de todos.
Leer másDicen que toda mujer recuerda el día de su boda como el más feliz de su vida.
Yo también lo voy a recordar.
Pero no por las flores blancas cubriendo la iglesia, ni por el vestido bordado a mano que costó más que el auto de muchas personas, ni por los invitados de alta sociedad que sonreían con sus copas de champaña esperando verme caminar hacia el altar.
Lo voy a recordar porque fue el día en que entendí, de la manera más cruel, que algunos hombres no te rompen el corazón.
Te lo arrancan, lo venden y luego desaparecen con tu dinero.
Estoy de pie frente al altar, sosteniendo un ramo de rosas blancas entre mis manos sudorosas. El velo me cubre parte del rostro, pero no lo suficiente para esconder la vergüenza que empieza a quemarme la piel.
El reloj marca treinta minutos de retraso.
Treinta.
Al principio todos fingieron tranquilidad. Algunos invitados murmuraban que era normal, que el novio siempre podía tardar, que quizás había tráfico, que tal vez el auto había tenido algún problema.
Yo quise creerlo.
Quise convencerme de que Enzo Ferraro no sería capaz de dejarme aquí, vestida de blanco, frente a trescientas personas que no vinieron a celebrar mi amor, sino a comprobar si la heredera Bellerose por fin había logrado que alguien la eligiera.
Porque para ellos yo no soy solo Alessia Vittoria Bellerose.
Soy la millonaria gordita.
La heredera con curvas.
La mujer a la que todos le sonríen por delante y critican por detrás.
La que siempre paga la cena, el viaje, el reloj de lujo, la inversión urgente, el préstamo que nunca devuelven.
La tonta con demasiado dinero y poca suerte en el amor.
Aprieto el ramo con tanta fuerza que una espina se clava en mi dedo. El dolor es pequeño, pero me despierta. Bajo la mirada y veo una gota de sangre manchar el tallo verde.
Algo dentro de mí tiembla.
—Debe estar por llegar —susurra mi madre a mi lado.
Bianca Bellerose no me mira con ternura. Me mira como si mi vergüenza fuera una arruga en su vestido de diseñador. Como si mi dolor pudiera arruinar la portada de una revista social.
—Mamá… —mi voz sale baja—. Hace media hora debía estar aquí.
Ella sonríe sin mover demasiado los labios, porque sabe que hay cámaras cerca.
—No armes una escena, Alessia.
Una escena.
Claro.
Mi prometido no aparece y yo soy la que no debe armar una escena.
Respiro hondo, pero el aire no me entra. Siento el corsé apretándome las costillas, las miradas clavadas en mi espalda, los murmullos creciendo como veneno en la iglesia.
Mi mejor amiga, Amara Moretti, se acerca desde la primera banca. Sus ojos oscuros están llenos de preocupación. Ella no finge. Ella sabe.
—Alessia —murmura en voz baja—, necesito hablar contigo.
Mi estómago cae.
Hay algo en su rostro que me paraliza.
—¿Qué pasó?
Amara mira a mi madre, luego a los invitados, luego vuelve a mí.
—No aquí.
—Dímelo.
—Alessia…
—Dímelo ahora.
Su silencio es peor que cualquier respuesta.
Antes de que pueda insistir, Octavia Duval, mi abogada, entra por un costado de la iglesia con el rostro pálido. Octavia jamás pierde el control. Jamás corre. Jamás se ve alterada.
Hoy parece haber visto un fantasma.
Se acerca a mí y me entrega su teléfono.
—Necesitas ver esto.
Mis manos tiemblan cuando tomo el aparato.
En la pantalla hay una notificación bancaria.
Una transferencia.
Dos millones de dólares.
Autorizada desde una de mis cuentas privadas.
Destino: una sociedad offshore que no reconozco.
Fecha: hoy.
Hora: hace cuarenta minutos.
Siento que el mundo se inclina.
—No… —murmuro.
Octavia baja la voz.
—La autorización fue hecha con los accesos que solo tú y Enzo tenían por el fideicomiso prenupcial.
El ramo cae de mis manos.
Las rosas golpean el suelo con un sonido suave, casi ridículo comparado con el estruendo que acaba de romperme por dentro.
—¿Dónde está Enzo? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta.
Amara me toma del brazo.
—No contesta. Sus guardaespaldas desaparecieron. Su departamento está vacío.
Vacío.
Como sus promesas.
Como mi pecho.
Como cada palabra de amor que me dijo mientras yo le creía.
Las voces de los invitados aumentan. Alguien se levanta. Alguien pregunta qué sucede. Alguien ríe bajito. O tal vez lo imagino. Tal vez mi vergüenza está inventando sonidos para torturarme más.
Mi madre se acerca y aprieta mi muñeca.
—Alessia, compórtate.
La miro.
Por primera vez en años, no intento complacerla.
—Me robó.
Bianca endurece la mandíbula.
—Baja la voz.
—Me dejó plantada y me robó dos millones de dólares.
Su rostro no muestra sorpresa. Muestra enojo. Pero no por mí. No por mi dolor. No por el hombre que acaba de usarme.
Está enojada porque todos van a enterarse.
—Te advertí que ese hombre no estaba a tu altura —refunfuña entre dientes.
Una risa seca se me escapa. No sé de dónde sale, pero duele.
—No, mamá. Tú me advertiste que era lo mejor que podía conseguir.
Sus ojos se abren apenas.
Ahí está la verdad.
Ella no necesitó decirla muchas veces. Bastó con sus miradas cuando me probaba vestidos, con sus suspiros cuando me veía comer, con sus comentarios disfrazados de preocupación.
“Ese corte te ensancha más.”
“Deberías bajar unos kilos antes de la boda.”
“Enzo es muy atractivo, cuídalo.”
Como si amar fuera un favor que alguien me hacía.
Como si un hombre guapo al lado de una mujer como yo siempre fuera una caridad.
Dante Salvatore ValcárcelLa bodega donde mantenemos a Enzo está al otro lado de la ciudad, detrás de un taller mecánico abandonado. Huele a aceite, humedad y miedo viejo. El tipo está sentado en una silla, más flaco que la última vez que lo vi, con la barba crecida y los ojos hundidos.Cuando entro, empieza a temblar. Eso me irrita. No por lástima. Porque los cobardes tiemblan antes de ser útiles y eso retrasa las cosas.—Dante —balbucea—. Yo ya dije todo.Me quito los guantes lentamente. No porque los necesite fuera. Porque quiero que vea mis manos. Quiero que entienda que esta noche no vengo a negociar.Rocco entra detrás de mí con dos hombres. Nadie habla. Me siento frente a Enzo.—Alessia fue secuestrada.Su rostro cambia. No lo suficiente.—Yo no tuve nada que ver.Le doy un golpe sobre la mesa, tan fuerte que la madera se parte en una esquina. Enzo salta.—¡Lo juro!—No te pregunté.Me inclino hacia él.—Vas a decirme todo sobre Amara.Su boca se abre. Demasiado rápido. Culpabl
Dante Salvatore ValcárcelHay una clase de silencio que no pertenece a los vivos. Lo descubro la cuarta noche sin Alessia.La mansión Bellerose está llena de hombres armados, pantallas encendidas, teléfonos vibrando, pasos apresurados, mapas abiertos sobre mesas, voces que cruzan información desde puertos, aeropuertos, bodegas, clínicas privadas y casas abandonadas.Pero para mí todo está en silencio. Porque ella no está. Y cuando Alessia no está, el mundo hace ruido sin decir nada.Me muevo por el despacho de Rafael como un animal encerrado. No puedo sentarme. No puedo dormir. No puedo comer. La herida del hombro vuelve a abrirse cada vez que olvido que sigo siendo carne y no solo rabia. El doctor Vargas dejó de insistir en que descanse después de que le rompí un vaso contra la pared sin mirarlo.No fue personal. Nada es personal desde que se la llevaron. Todo es guerra. Rocco entra con otra carpeta. Su rostro me dice la respuesta antes de que hable. Nada. Otra vez nada.—El barco de
Alessia Vittoria BelleroseNo porque quiera defenderla. Porque necesito escuchar.Bianca continúa:—Isadora llegó antes de lo que esperábamos. Ella quería una carpeta. Una parte del archivo. Rafael se negó. Lorenzo discutió con él. Yo intenté separarlos.—Y papá cayó.Bianca asiente lentamente.—Pero no porque lo empujáramos.—En el video parece otra cosa.—El video no tiene audio.Esa frase me golpea. No porque la crea. Porque es verdad. El video muestra gestos, forcejeos, caídas. Pero no palabras. No contexto. No toda la verdad. Y eso me enfurece más. Porque ahora no sé qué parte de mi odio está sostenida sobre hechos y qué parte sobre imágenes cortadas.—Entonces dime por qué no llamaron ayuda.Bianca llora. Esta vez su llanto no suena bonito. Suena feo.Real.—Porque Isadora dijo que si lo hacíamos, Custodia Negra saldría a la luz. Que nos destruiría. Que te destruiría a ti. Que todos pensarían que Rafael era un criminal. Que tú perderías todo.—Y elegiste proteger el apellido.—El
Alessia Vittoria BelleroseDespierto con frío. No es un frío normal. No es el aire acondicionado de una habitación elegante ni la brisa húmeda que entra por las ventanas de la mansión cuando llueve. Es un frío viejo, pegado a la piedra, metido en los huesos, en la garganta, en los dedos.Abro los ojos despacio. La cabeza me pesa. La boca me sabe a metal.Intento moverme, pero las muñecas me arden. Estoy atada a una silla de hierro, con las manos sujetas a los brazos y los tobillos amarrados a las patas. La silla está fija al suelo, como si este lugar hubiese sido construido para que nadie pudiera levantarse sin permiso.Respiro hondo. El aire huele a humedad, sal y óxido. No estoy en la mansión. No estoy en el puerto.No estoy con Dante. El recuerdo llega de golpe, cruel, desordenado, la cita, la terraza, la llave, la bodega, el humo, la voz, la mano cubriéndome la boca. Dante gritando mi nombre desde lejos. Cierro los ojos. Me duele más recordarlo que despertar aquí.Dante intentó al
Último capítulo