Mundo ficciónIniciar sesiónMe giro hacia los invitados.
Todos me observan.
Empresarios, esposas perfectas, periodistas de sociedad, amigos falsos, parientes que hace años esperan verme caer.
Y caí.
Pero no pienso quedarme en el suelo.
Me quito el velo con manos torpes. Las horquillas jalan mi cabello y una punzada me atraviesa el cuero cabelludo, pero no me importa. Arrojo el velo sobre el altar.
El sacerdote me mira sin saber qué hacer.
Pobre hombre.
Ni Dios debe saber qué hacer con una mujer abandonada frente a tantos buitres.
—La boda se cancela —anuncio.
Mi voz no sale tan fuerte como quisiera, pero el silencio que cae después demuestra que todos escucharon.
Una mujer se lleva la mano a la boca. Un hombre murmura algo. Alguien levanta el celular.
Amara se adelanta.
—Guarden esos teléfonos —ordena con una furia que me sostiene cuando yo ya no puedo.
Pero es tarde.
Mañana estaré en todos los titulares.
La heredera Bellerose abandonada en el altar.
El novio desaparece con dos millones de dólares.La pobre Alessia vuelve a fracasar en el amor.Pobre Alessia.
Siempre pobre, aunque tenga millones.
Camino por el pasillo central de la iglesia sin mirar a nadie. El vestido pesa como una condena. Cada paso arrastra tela, cristales y la última parte ingenua de mí.
Escucho a mi madre detrás.
—Alessia, espera.
No me detengo.
Octavia y Amara me siguen. Los guardaespaldas intentan abrirme camino mientras las cámaras comienzan a disparar flashes.
Uno me ciega.
Otro captura mis lágrimas.
Odio eso.
Odio que incluso mi dolor parezca propiedad pública.
Al llegar a la salida, el aire frío golpea mi rostro. Respiro con dificultad. Quiero arrancarme el vestido. Quiero gritar. Quiero encontrar a Enzo y preguntarle cómo pudo besarme anoche, decirme que me amaba y al mismo tiempo preparar su fuga.
Pero no necesito preguntarle nada.
Ya sé la respuesta.
Porque no me amaba.
Nunca lo hizo.
Amaba mi apellido.
Mi cuenta bancaria.
Mis propiedades.
Mi desesperación por ser elegida.
Amara me ayuda a entrar a la limusina. Cuando cierro la puerta, el ruido exterior queda amortiguado, pero no desaparece. Los flashes siguen estallando contra los vidrios polarizados.
—Voy a destruirlo —dice Amara, furiosa—. Te juro que voy a destruirlo.
Octavia ya está hablando por teléfono.
—Congelen todas las cuentas vinculadas al fideicomiso. Ahora. No, no mañana. Ahora mismo.
Yo miro mis manos.
El anillo de compromiso brilla en mi dedo como una burla.
Diamante perfecto.
Mentira perfecta.
Me lo quito.
Cuesta un poco porque mis dedos están hinchados. Cuando por fin sale, lo sostengo unos segundos. Recuerdo a Enzo arrodillado frente a mí en París, diciéndome que yo era la mujer de su vida.
Recuerdo sus ojos húmedos.
Su voz temblorosa.
Su sonrisa.
Todo fue teatro.
Abro la ventana apenas y lanzo el anillo a la calle.
Amara me mira sorprendida.
—Alessia…
—No quiero nada de él.
Mi voz se rompe al final, pero no lloro más.
Ya lloré demasiado por hombres que no valían ni una de mis lágrimas.
El auto avanza. La iglesia queda atrás. Mi boda queda atrás. Mi último intento de creer en el amor también.
Apoyo la cabeza contra el asiento y cierro los ojos.
Entonces mi teléfono vibra.
Una vez.
Dos.
Tres.
Pienso que son periodistas. Familiares. Conocidos ansiosos por escuchar de mi boca la tragedia del día.
Pero es un número desconocido.
Abro el mensaje.
No hay texto.
Solo una imagen.
Una mano negra dibujada sobre fondo blanco.
Debajo, una frase:
“Los hombres como Enzo solo roban dinero. Hay otros que vienen por todo.”
El frío me recorre la espalda.
—¿Qué pasa? —pregunta Amara.
No respondo.
Miro por la ventana.
A unos metros, en la acera frente a la iglesia, un hombre vestido de negro permanece inmóvil bajo la lluvia ligera. No lleva paraguas. No parece importarle mojarse. Sus hombros son anchos, su postura elegante, su presencia imposible de ignorar.
No puedo verle bien el rostro.
Solo distingo una cosa.
Sus manos están cubiertas por guantes negros.
El auto gira en la esquina y lo pierdo de vista.
Muevo la cabeza en una señal de negativa, no se que mierdas me pasa, estos mensajes llegan todos los dias, siempre hay gente que se quiere aprovechar de mi, apago la pantalla del teléfono y me repito dentro de la mente que solo es una casualidad que esas escenas solo pasan en las películas.
También que dejen plantada a la novia en el altar solo lo había visto en telenovelas y hoy me tocó vivir en carne propia eso, nunca ante había llegado tan lejos, ahor ame siento estupida, estafada y paranoica, dentro de mi mente se repiten las palabras que mi madre dirá cuando estemos en casa, siempre le importa mas el que dirán, a lo que yo pueda sentir y el desconsiderado de mi hermano ni siquiera se hizo presente.
Fue mejor asi, por que seguro ahora estaría diciendome a cada nada, te lo advertí que ese tipejo no estaba a tu altura, eres una desesperada, hay veces que siento que nací solo para ser una máquina para los negocios, que me ven como el premio gordo, irónico, porque gorda ya estoy.







