Mundo ficciónIniciar sesiónLa ruina no siempre llega con gritos.
A veces llega en silencio, vestida con un traje barato, cargando una carpeta negra y sudando como un cerdo frente a mi escritorio.
Ciro Mancini no me mira a los ojos.
Eso es lo primero que noto.
Lo segundo es que sus manos tiemblan.
Y cuando un hombre como Ciro tiembla, significa que los números no solo son malos.
Significa que alguien está a punto de morir.
Estoy sentado detrás de mi escritorio, en el último piso del club Valcárcel, mirando la ciudad a través del ventanal. Afuera, las luces parecen pertenecer a otro mundo. Uno donde los hombres compran champagne, besan mujeres hermosas y creen que el poder se mide por el brillo de los relojes.
Pobres imbéciles.
El poder no brilla.
El poder sangra.
—Habla —ordeno.
Ciro traga saliva.
Es un hombre bajo, de frente amplia y ojos nerviosos. Lleva años lavando dinero para mi familia, moviendo cuentas, escondiendo inversiones, convirtiendo negocios sucios en empresas limpias. Nunca fue valiente, pero siempre fue útil.
Hoy parece ninguna de las dos cosas.
—Dante…
Levanto la mirada.
—No vuelvas a decir mi nombre con esa voz.
Ciro baja los ojos de inmediato.
—Perdón, don Valcárcel.
Rocco Bellandi está de pie junto a la puerta, silencioso como una sombra. No necesita decir nada. Su presencia basta para recordarles a todos que aquí las malas noticias se entregan con respeto o no se entregan.
—El negocio de Montenegro cayó por completo —claudica Ciro al fin—. Las cuentas de tránsito fueron bloqueadas. Las rutas del puerto quedaron comprometidas y los socios de Turquía retiraron su respaldo.
No reacciono.
No parpadeo.
No aprieto los puños.
Los hombres débiles muestran el golpe cuando lo reciben. Los hombres como yo esperan a que el otro crea que sobrevivió.
—¿Cuánto? —pregunto.
Ciro abre la carpeta.
Sus dedos torpes pasan varias páginas.
—Entre pérdidas directas, deuda con proveedores, adelantos no recuperables y penalizaciones de rutas… estamos hablando de ciento veinte millones.
Rocco deja escapar un insulto por lo bajo.
Yo sigo mirando a Ciro.
—Repite.
El contador palidece.
—Ciento veinte millones.
El silencio se estira como una cuerda a punto de romperse.
Ciento veinte millones.
He matado hombres por menos.
He incendiado bodegas por menos.
He borrado familias enteras del mapa por mucho menos.
Pero esta vez no puedo dispararle al problema en la frente. No cuando el problema lleva mi firma, mi autorización y mi maldita confianza puesta en hombres que debieron morir antes de sentarse a mi mesa.
—¿Quién filtró la ruta? —pregunto.
Ciro abre la boca, pero no responde.
Miro a Rocco.
—¿Quién?
Mi mano derecha da un paso al frente.
—Creemos que Santino Greco vendió la información a Nero Altieri.
El nombre cae en la habitación como una bala.
Nero Altieri.
Ese hijo de perra.
Durante años, Nero quiso lo que era mío: mis rutas, mis contactos, mis puertos, mis hombres, mi nombre. No le bastaba con tener su propio imperio. Quería arrancarme el mío y exhibirlo como trofeo.
Y ahora cree que lo logró.
Sonrío apenas.
Eso asusta más a Ciro que cualquier grito.
—¿Creemos? —repito.
Rocco baja la voz.
—Aún no tenemos la prueba completa.
—Entonces consíguela.
—Ya hay hombres buscándolo.
—No quiero que lo busquen —demando—. Quiero que lo encuentren.
Rocco asiente.
Ciro se limpia el sudor de la frente con un pañuelo.
—Hay algo más.
Lo miro.
—Por tu bien, espero que no.
El contador abre otra sección de la carpeta.
—Los prestamistas de Palermo quieren el pago completo en quince días. Si no cumplimos, venderán nuestra deuda.
—¿A quién?
Ciro no responde.
No hace falta.
Mi sonrisa desaparece.
—A Nero.
Ciro asiente lentamente.
—Sí.
Me levanto.
El cuero de la silla cruje detrás de mí. Camino hasta el ventanal y observo la ciudad. Desde aquí arriba, todo parece pequeño. Las avenidas, los autos, las personas cruzando las calles sin saber que bajo sus pies se mueve un mundo que podría devorarlas sin dejar rastro.
Ese mundo era mío.
El bajo mundo me conocía como El Mano Negra.
No porque usara guantes oscuros.
No porque dejara una marca sobre los cuerpos de mis enemigos.
Sino porque todo lo que tocaba terminaba perteneciendo a mí.
Negocios. Hombres. Secretos. Vidas.
Hasta ahora.
—¿Cuánto tenemos disponible? —pregunto.
Ciro tarda demasiado en contestar.
—Líquido… poco más de siete millones.
Me giro lentamente.
—¿Siete?
—Los activos existen, pero no pueden moverse rápido sin levantar sospechas. Algunas propiedades están comprometidas, otras congeladas por las investigaciones del puerto y…
—Basta.
Ciro cierra la boca.
Siete millones.
Una limosna.
Una burla.
Una cantidad insultante para un hombre que hace seis meses podía comprar voluntades con solo levantar el teléfono.
Rocco aprieta la mandíbula.
—Podemos mover armas del norte. Recuperar algo con la venta rápida.
—No alcanzará.
—Podemos presionar a los deudores.
—Tampoco.
—Podemos tomar una ruta de Nero y obligarlo a negociar.
Lo miro.
Rocco entiende mi respuesta antes de que la diga.
—Sería una guerra.
—No —corrijo—. Sería una ejecución. La nuestra, si entramos sin dinero.
En mi mundo, el poder no se mantiene con orgullo. Se mantiene con hombres pagados, jueces comprados, policías distraídos y enemigos lo suficientemente asustados para no probar suerte.
Sin dinero, el miedo se desgasta.
Sin dinero, la lealtad se renta al mejor postor.
Sin dinero, hasta los perros muerden la mano que los alimentó.
Y yo estoy a punto de quedarme sin carne para lanzarles.
El teléfono sobre mi escritorio vibra.
Una vez.
Rocco lo mira.
Ciro también.
Yo no.
Sé quién es antes de ver la pantalla.
Nadie llama a esta hora para dar buenas noticias.
Camino hacia el escritorio y contesto sin saludar.
—Valcárcel.
Una risa baja, elegante y venenosa se desliza al otro lado de la línea.







