Capítulo 5

Alessia Vittoria Bellerose

Octavia comienza a trabajar. Sus dedos se mueven rápido sobre la pantalla.

—Voy a bloquear retiros superiores a cincuenta mil dólares, transferencias internacionales, venta de acciones y movimientos de propiedades hasta nueva orden.

—Hazlo.

—También recomiendo revocar cualquier poder temporal concedido a Enzo.

—Revócalo.

—Y revisar si tuvo acceso a documentación física.

—Todo.

Amara se sienta en uno de los sillones y cruza los brazos.

—Ese desgraciado no actuó solo.

La miro.

—¿Por qué lo dices?

—Porque Enzo es ambicioso, sí. Pero no es tan inteligente. Mover dos millones en plena boda requiere ayuda. Información. Timing perfecto.

Octavia no levanta la mirada, pero responde:

—Estoy de acuerdo.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—¿Crees que alguien de la casa lo ayudó?

Amara tarda en responder.

Ese silencio es suficiente.

Antes de que pueda preguntar más, la puerta del despacho se abre sin tocar.

Lorenzo entra.

Mi hermano menor siempre ha tenido esa manera de aparecer como si el mundo le debiera explicaciones. Viste un traje gris impecable, la corbata floja y el cabello oscuro perfectamente peinado. Parece preocupado, pero hay algo en sus ojos que no encaja.

Algo demasiado atento.

—Alessia —claudica—. Acabo de enterarme de todo.

Lo miro en silencio.

Acaba de enterarse.

Qué curioso.

Quiero pensar que estuvo en la boda. Vio el desastre. Desapareció durante casi una hora y ahora aparece justo cuando estoy bloqueando cuentas.

—¿Dónde estabas? —pregunto.

Lorenzo parpadea.

—Intentando hablar con algunos invitados. Controlando el escándalo.

—Qué considerado.

Mi tono lo incomoda.

Bianca aparece detrás de él.

—Tu hermano solo intenta ayudar.

Lorenzo entra un poco más al despacho y mira la tableta sobre el escritorio.

—¿Qué están haciendo?

Octavia cierra parcialmente la funda del dispositivo.

—Protegiendo los activos de la señora Bellerose.

Lorenzo frunce el ceño.

—¿Congelando cuentas?

No pregunta con preocupación por mí.

Pregunta con preocupación por el dinero.

Siento que algo se acomoda dentro de mi pecho. Una pieza pequeña, fría, incómoda.

—Sí —respondo—. ¿Te molesta?

—No, claro que no. Solo pienso que quizá es una decisión muy apresurada. Estás emocionalmente afectada.

Sonrío sin ganas.

—Qué curioso. Todos parecen muy preocupados por mis emociones cuando tomo decisiones sobre mi dinero.

Lorenzo levanta las manos, fingiendo calma.

—No lo digo por eso. Lo digo porque algunos movimientos pueden afectar a la empresa. A la familia. A todos.

A todos.

Ahí está.

—¿Qué cuentas te preocupan exactamente? —pregunto.

Mi hermano sostiene mi mirada un segundo de más.

—Ninguna en especial.

Octavia y Amara intercambian una mirada.

Yo también lo noto.

Mi vestido de novia sigue pesando sobre mi cuerpo. El maquillaje seco me tira la piel. Tengo el cabello deshecho, los pies cansados y el corazón convertido en cenizas.

Pero en ese instante, frente a mi hermano, siento que una parte de mí se despierta por completo.

—Entonces no tienes nada de qué preocuparte —puntualizo.

Lorenzo aprieta la mandíbula apenas.

Un gesto mínimo.

Pero suficiente.

—Solo quiero que no cometas un error por orgullo —insiste.

Me acerco a él.

Por años dejé que Lorenzo jugara al hermano encantador. El hijo varón que mi madre siempre defendía. El que gastaba más de lo que producía. El que sonreía en las juntas y luego me culpaba por haber heredado más que él.

Pero esta noche no tengo paciencia para sus máscaras.

—El error fue confiar —le digo—. Y créeme, no pienso cometerlo otra vez.

Lorenzo baja la mirada hacia mi vestido y luego vuelve a mis ojos.

—No todos somos Enzo.

—Eso espero.

Mi madre suspira, molesta.

—Alessia, estás siendo injusta.

—No, mamá. Estoy siendo cuidadosa.

Octavia carraspea suavemente.

—Alessia, necesito confirmar una última autorización.

Me giro hacia ella.

—Hazlo.

Lorenzo da un paso rápido.

—¿Qué autorización?

Su reacción es demasiado inmediata.

Demasiado intensa.

Octavia lo mira con serenidad.

De verdad que Dios me perdone, puede que esté juzgando mal a mi hermano, pero es que ahora mismo todo el mundo me parece sospechoso, no es posible que mi ex prometido haya actuado solo, o quizás sí y me estoy negando a ver la realidad de las cosas.

—Una restricción temporal para impedir que terceros accedan a fondos vinculados a la herencia principal.

El rostro de Lorenzo cambia apenas.

Cualquiera podría no notarlo.

Yo sí.

Porque crecí viendo a mi familia esconder veneno detrás de sonrisas.

—¿Terceros? —pregunta él—. ¿Incluye familiares?

Octavia responde sin emoción:

—Incluye a cualquier persona que no sea Alessia Vittoria Bellerose.

El silencio que sigue es espeso.

Lorenzo me mira.

Y siento que no es mi hermano.

Veo a un hombre calculando cuánto acaba de perder.

Entonces lo entiendo.

Tal vez Enzo no fue el único que me vio como una cuenta bancaria con vestido de novia.

Tal vez mi desgracia no empezó en el altar.

Me reprendo a mí misma y me digo que no debo juzgar a mi familia, es mi hermano y por muy ambicioso que sea no puede ser capaz de hacerme algo como esto a mi que solo  me he dedicado a sacar a la familia adelante.

Mi teléfono vibra sobre el escritorio.

Todos miran la pantalla.

Número desconocido.

Otro mensaje.

Mi pulso se acelera.

Lo abro.

Solo hay una frase:

“Congelar tus cuentas no detendrá a quienes ya están dentro.”

No puedo respirar.

Amara se levanta de golpe.

—¿Qué es eso?

No respondo.

Levanto la mirada lentamente.

Lorenzo está pálido.

Solo un poco.

Pero lo suficiente para que mi mundo vuelva a inclinarse.

Y esta vez no es por Enzo.

Es por la terrible sospecha de que mi peor enemigo podría tener mi misma sangre.

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