Mundo ficciónIniciar sesiónMe mantengo quieto mientras sale de la iglesia.
La lluvia comienza justo cuando pisa la entrada.
Perfecto.
La escena no podría ser más cruel aunque alguien la hubiera escrito con odio: la novia abandonada, los flashes, los murmullos, la madre rígida, la amiga furiosa, la abogada intentando controlar los daños.
Y yo en la sombra.
Siempre en la sombra.
Rocco se acerca por mi lado sin hacer ruido.
—Ferraro ya cruzó la frontera de la ciudad —dice en voz baja—. Pero no irá lejos.
—No lo quiero muerto.
Rocco me mira de reojo.
—¿Seguro?
—Muerto no habla.
—¿Y si habla con alguien más primero?
Miro la puerta por donde Alessia acaba de salir.
—Entonces le cortamos la lengua después.
Rocco guarda silencio.
Él sabe cuándo no discutir.
Sabe también que mi presencia aquí no es sentimental. No estoy en esta boda por nostalgia hacia Rafael Bellerose ni por compasión hacia su hija.
Estoy aquí porque mi imperio se está pudriendo desde los cimientos.
Un negocio fallido. Una ruta entregada. Un traidor en mi mesa. Nero Altieri oliendo sangre. Mis hombres esperando que yo siga siendo el Mano Negra cuando los números dicen que ya no puedo sostener el trono.
Necesito dinero.
Rápido.
Limpio.
Suficiente para comprar tiempo, lealtad y cadáveres si hace falta.
Y Alessia Vittoria Bellerose acaba de convertirse en la mujer más vulnerable y rica de la ciudad.
Dios, si existe, tiene un sentido del humor miserable.
Salgo de la iglesia por una puerta lateral. Nadie me detiene. Nadie me pregunta nada. La gente aprende rápido a no mirar demasiado a los hombres como yo.
Afuera, la limusina de Alessia empieza a moverse.
Ella está dentro.
Rota.
Humillada.
Furiosa.
Viva.
Eso último es lo que importa.
Un hombre débil vería en ella una presa fácil.
Yo no soy débil.
Yo veo una fortaleza recién bombardeada. Herida, sí. Pero no abierta. No todavía.
Para entrar en una mujer así no basta con tocar la puerta.
Hay que convencerla de que afuera hay monstruos peores.
Y yo conozco a todos los monstruos de esta ciudad.
Algunos trabajan para mí.
Otros van a aprender a temerme más de lo que lo hacen.
Rocco camina a mi lado mientras cruzamos hacia el auto negro estacionado frente a la acera.
—¿Cuál es la orden? —pregunta.
Miro la limusina perderse en la esquina.
Pienso en Rafael. En su despacho. En la niña de ojos curiosos que se convirtió en una mujer demasiado peligrosa para mi tranquilidad. En la forma en que Alessia se quitó el velo frente a todos, como si arrancara de su cuerpo la última mentira que un hombre le puso encima.
Algo se mueve dentro de mí.
Lo aplasto de inmediato.
No tengo alma para esas estupideces.
No soy un héroe.
No soy un salvador.No soy el hombre que va a enseñarle a una mujer herida que merece amor.Soy el hombre que necesita su fortuna.
Soy el hombre que va a acercarse a ella con el nombre de su padre en la boca y una mentira perfecta entre los dientes.
Soy el Mano Negra.
Y todo lo que toco termina marcado.
—Envíale un mensaje —ordeno.
Rocco gira hacia mí.
—¿Qué tipo de mensaje?
Me pongo los guantes con calma, ajustando cada dedo hasta que el cuero se adapta a mi piel.
—Uno que no pueda ignorar.
—¿Con firma?
Sonrío.
—Con advertencia.
Rocco asiente.
—¿Quiere asustarla?
Miro la calle vacía por donde desapareció Alessia.
No.
No exactamente.
Quiero que me recuerde antes de conocerme.
Quiero que cuando escuche mi nombre sienta que ya estaba en su vida desde el momento exacto en que el mundo la dejó sola.
Quiero ser la sombra que aparezca cuando todas las luces se apaguen.
—Creo que ya es tiempo de conocernos.







