Capítulo 4

Alessia Vittoria Bellerose

Desesperada.

Así me ve.

Así me ha visto siempre.

Como la hija que debía agradecer si un hombre atractivo decidía tomarle la mano en público.

Como la mujer que no podía darse el lujo de ser exigente porque su cuerpo no encajaba en los estándares de sus amigas de sociedad.

Aprieto los labios.

—Me acaba de robar.

—Porque se lo permitiste.

Amara da un paso al frente.

—Bianca, no es el momento.

—El momento era antes —replica mi madre—. Antes de que mi hija pusiera dos millones de dólares en manos de un oportunista. Antes de que toda la prensa estuviera esperando afuera. Antes de que el apellido Bellerose aparezca mañana en cada titular como un chiste.

Ahí está.

El apellido.

No mi corazón.

No mi vergüenza.

No mi dolor.

El apellido.

Me río, pero no porque sea gracioso. Me río porque si no lo hago, voy a gritar.

—Qué tranquilidad saber que lo que más te preocupa es el apellido.

Mi madre endurece el rostro.

—Ese apellido es lo único que te sostiene.

—No, mamá. Ese apellido es lo único que tú sabes amar.

Sus ojos se abren apenas.

Sé que la herí.

Una parte pequeña de mí se siente culpable. Otra parte, la que acaba de ser abandonada, se alegra.

Bianca levanta la barbilla.

—No confundas mi dureza con falta de amor. Si fueras más fuerte, Enzo no habría hecho contigo lo que hizo.

Las palabras se me quedan clavadas en el pecho.

Si fueras más fuerte.

Como si ser engañada fuera una debilidad.

Como si amar a la persona equivocada fuera un delito.

Como si yo no me hubiera esforzado toda la vida por ser suficiente.

Suficientemente elegante.

Suficientemente delgada.

Suficientemente callada.

Suficientemente digna de un hombre que no me usara.

Y aun así, fallé.

Trago saliva.

—Tienes razón en algo.

Mi madre me mira con desconfianza.

—¿En qué?

—Fui ingenua.

Amara gira hacia mí, sorprendida.

Octavia permanece en silencio, observándome con esos ojos de abogada que parecen registrar cada palabra como si fuera parte de un juicio.

—Fui ingenua al creer que Enzo me amaba —continúo—. Fui ingenua al permitirle entrar en mi vida, en mis cuentas, en mi casa y en mi cama. Fui ingenua al pensar que por una vez alguien me estaba eligiendo a mí y no a mi fortuna.

Mi voz tiembla, pero no se rompe.

—Pero eso se acabó.

Bianca frunce el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Me giro hacia Octavia.

—Quiero congelar todas las cuentas personales que no sean indispensables. También quiero revisar las propiedades, los fondos, las acciones, los fideicomisos y cualquier documento que tenga conexión con Enzo.

Octavia asiente de inmediato.

—Ya empecé con las cuentas vinculadas al prenupcial, pero puedo ampliar la orden.

—Hazlo.

Mi madre da un paso hacia mí.

—No puedes congelarlo todo sin consultar a la junta.

—Sí puedo —respondo—. La mayoría de esos fondos están a mi nombre.

—Alessia, estás alterada.

—No. Estoy despierta.

Y es verdad.

El dolor sigue ahí, pero algo debajo de ese dolor comienza a moverse. Algo caliente. Algo duro. Algo que no reconozco del todo, pero que se parece mucho a la rabia.

Durante años dejé que otros decidieran cómo debía sentirme. Mi madre decidía cuánto debía avergonzarme de mi cuerpo. Los hombres decidían cuánto valía mi amor. La sociedad decidía si merecía ser admirada o ridiculizada.

Enzo decidió robarme.

Pero ahora yo voy a decidir qué hacer con lo que queda de mí.

—Quiero una auditoría completa —ordeno—. Si Enzo tocó algo más, quiero saberlo antes de que amanezca.

Octavia saca su tableta.

—Necesitaré acceso a tu despacho y autorización digital.

—Lo tendrás.

Bianca respira hondo, molesta.

—Esto puede generar pánico entre los inversionistas.

—Mejor que genere pánico entre los ladrones.

Amara sonríe apenas.

Es la primera sonrisa real que veo desde que salí de la iglesia.

—Esa es mi Alessia —murmura.

No sé si sigo siendo esa Alessia.

No sé quién soy en este momento.

Solo sé que la mujer que cruzó el pasillo de la iglesia vestida de novia ya no existe.

Marta aparece con una bata de seda entre las manos.

—Niña, quizá quiera cambiarse antes de subir al despacho.

Miro el vestido. El escote bordado, las mangas delicadas, la falda enorme. Un vestido hecho para prometer eternidad frente al altar. Ahora solo me recuerda que yo era la única que creía en esa eternidad.

—No —espeto—. Voy a hacerlo así.

Bianca me observa de arriba abajo.

—Alessia, por favor. Ten dignidad.

La miro directo a los ojos.

—Mi dignidad no está en este vestido.

Paso junto a ella y camino hacia el despacho de mi padre.

Cada paso descalzo sobre el mármol se siente como un pequeño acto de rebeldía.

El despacho queda al fondo del pasillo oeste. Nadie entra ahí sin permiso. Desde que mi padre murió, se convirtió en una especie de museo silencioso. Su escritorio de madera oscura sigue intacto. Sus libros están acomodados por temas. Su retrato cuelga sobre la pared principal.

Rafael Bellerose.

Mi padre.

El único hombre que alguna vez me hizo sentir que no tenía que pedir perdón por existir.

Al entrar, el olor a cuero y tabaco viejo me golpea con fuerza. Me detengo frente a su escritorio y por un instante quiero llorar como una niña.

Papá, me equivoqué.

Papá, me usaron otra vez.

Papá, no sé cómo ser fuerte sin ti.

Pero mi padre no responde desde el retrato.

Solo me mira con esa seriedad elegante que todos confundían con frialdad, pero que conmigo siempre fue protección.

Octavia coloca la tableta sobre el escritorio.

—Necesito tu huella y tu clave maestra.

Asiento.

Pongo el dedo sobre el lector.

La pantalla cambia.

Autorización aceptada.

Luego ingreso la clave que nadie más conoce. La que mi padre me obligó a memorizar cuando cumplí veintiún años.

“No confíes en nadie cuando se trate de tu dinero, Alessia. Ni siquiera en alguien que diga amarte.”

Qué tarde entendí sus palabras.

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