Dante Salvatore Valcárcel
La oscuridad me salva.
O la condena.
Todavía tengo el sabor de Alessia en la boca cuando las luces del pasillo mueren de golpe. El salón queda sumido en sombras, los murmullos crecen al otro lado de la puerta y ella se aparta de mí con un sobresalto que me arranca un gruñido bajo de la garganta.
—Debo estar desquiciado para estar soportando esta mierda —murmuro, con la respiración hecha pedazos.
Y es verdad estoy desquiciado.
Completamente.
No por el apagón, ni por la