La luz del alba en Miami no tiene piedad. Se filtra por los cristales del ático con una frialdad azulada, desnudando las sombras que la noche anterior parecían mágicas. Alexander despertó con el peso de Camila sobre su pecho, un ancla de carne y hueso que por un segundo le hizo olvidar quién era. Pero el olvido es un lujo que los hombres como él no pueden permitirse por más de unos latidos.
El zumbido no vino de su mente, sino de la mesa de noche. Su teléfono personal, aquel cuyo número solo co