La mansión de Coral Gables, una estructura diseñada para intimidar a rivales corporativos y albergar galas de la alta sociedad, había sufrido una invasión silenciosa. No eran mercenarios de Moretti, ni auditores del FBI. La invasión era mucho más sutil y definitiva.
Olía a talco, a leche tibia y a lavanda suave.
En el vestíbulo principal, donde antes se exhibían esculturas de arte moderno que valían millones, ahora descansaba un cochecito de bebé de diseño ergonómico que parecía una cápsula esp