El domingo en la mansión Blackwood amaneció con una pereza deliciosa, el tipo de mañana que se saborea lentamente, como el café recién hecho que perfumaba el aire. La luz del sol, filtrada por las cortinas de lino color crema, dibujaba patrones geométricos sobre la alfombra de seda donde Alexander y Camila estaban sentados.
No había trajes de sastre, ni batas de laboratorio, ni teléfonos sonando con emergencias financieras. Alexander vestía unos pantalones de chándal grises y una camiseta blanc