La tarde siguiente a la gala, el mundo parecía haberse ralentizado. No había teléfonos sonando, no había crisis que gestionar, no había enemigos acechando en las sombras. Solo existía el murmullo rítmico del mar golpeando contra el casco del Acheron, el yate privado de los Blackwood, que se mecía suavemente en las aguas doradas de la Bahía de Biscayne.
Alexander había decidido que la celebración privada sería allí, lejos del hormigón y el cristal de la ciudad, en ese espacio intermedio entre el