El ático de la Torre Blackwood flotaba sobre Miami como una estación espacial orbitando un planeta de luz y ruido. A esa altura, el tráfico de la hora punta no era más que un río de diamantes rojos y blancos fluyendo en silencio. Dentro, el clima estaba controlado al milímetro, el aire perfumado con notas sutiles de sándalo y el único sonido era el suave tecleo de Camila Ríos en su tableta.
Estaba reclinada en el sofá de terciopelo gris, con los pies en alto sobre una otomana, aprovechando los