La noche en Miami tenía un sabor distinto cuando se la observaba desde la cima absoluta. No era el sabor metálico de la sangre, ni el gusto ácido de la adrenalina que había acompañado a Alexander Blackwood durante los últimos dos años. Era un sabor dulce, añejo, complejo, como el coñac de cien años que reposaba en las copas de cristal de Baccarat distribuidas por el salón de baile del Hotel Four Seasons.
La Gala de Fin de Año de Blackwood Sterling siempre había sido el evento más codiciado del