El silencio en el ático de Alexander Blackwood no era un vacío, sino una presencia tangible. Era el tipo de silencio que solo se encuentra en las alturas, donde el ruido de la ciudad de Miami queda reducido a un murmullo distante, casi onírico. Para Alexander, ese silencio solía ser un aliado, un espacio para planificar movimientos financieros y ejecuciones estratégicas. Pero esta noche, el silencio pesaba. Tenía la textura de la seda y el aroma del peligro.
Camila estaba de pie frente al venta