Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 3 - CONSIGUIENDO LA APROBACIÓN
Julian se quedó mirando el documento frente a él durante unos segundos que parecieron eternos, antes de soltar una risa seca y dejar caer el bolígrafo.
—¿Ahora quieres divorciarte? —soltó burlón, mirándola fijamente con esos ojos intensos que solían intimidar a sus rivales de negocios—. Chloe, si esto es una tonta táctica para llamar mi atención, te adelanto que no va a funcionar en lo absoluto.
Ella se mantuvo firme, con la espalda completamente erguida y los brazos cruzados, sosteniendo los documentos frente a él sin permitir que la más mínima emoción traicionara su rostro.
Al ver que ella no se doblegaba, Julian se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio, y continuó atacando su orgullo.
—Te advierto que si estás usando el regreso de Vanessa como una táctica barata para hacerte la difícil y hacerme sentir culpable, no va a funcionar conmigo. Tendrías que ser... importante para que algo así suceda.
«¿Hacerme la difícil? ¿Eso es lo que realmente cree?»
Chloe apretó los puños, tragándose el insulto que quemaba en su garganta. Y se dijo que de haber sabido tres años atrás que este era el verdadero Julian Kingston —un hombre soberbio, frío e incapaz de un gramo de empatía—, jamás habría pronunciado la maldita palabra "sí" en el altar.
En cambio, habría aceptado sin dudar aquella beca completa en Londres y se habría marchado lejos de esta familia. Porque ahora entendía, con una claridad dolorosa, que no importaba lo que dijera o hiciera; nada iba a cambiar los profundos prejuicios que él tenía grabados sobre ella desde el primer día.
—No es ninguna táctica —respondió, forzándose a mantener la voz firme y sosteniéndole la mirada sin vacilar—. Quiero el divorcio, Julian. Hablo completamente en serio.
Él la evaluó en silencio durante un largo segundo, escaneando cada facción de su rostro con una intensidad calculadora. Luego, volvió a sonreír de medio lado, como si hubiera descubierto un truco barato en un juego de cartas.
La verdad era que el orgullo de Julian lo cegaba por completo.
Él creía fielmente, desde el inicio de su relación, que Chloe codiciaba el poder, el dinero y el prestigioso apellido de la familia Kingston. Estaba convencido de que se había ganado el favor y la compasión de su abuelo solo para escalar posiciones y convertirse en una mujer de estatus.
Para su mente desconfiada, Chloe era la última persona en todo el mundo que desearía un divorcio real y voluntario.
—Ok, de acuerdo, acepto el divorcio —dijo él, con un tono displicente—. Pero dime una cosa, ¿el abuelo sabe de esto? Si realmente tienes el valor de divorciarte de mí, primero ve y soluciónalo con él. Consigue su aprobación y luego vienes a hablar conmigo con papeles reales. De lo contrario, no me hagas perder mi valioso tiempo.
Aquellas tajantes preguntas dejaron a Chloe sin palabras por un instante. Era verdad; divorciarse de Julian no era un asunto tan sencillo, al menos no para ella. Su vida entera y su puesto en la compañía estaban ligados a la voluntad del viejo patriarca de la familia.
Derepente Julian se puso de pie, abotonándose el saco del traje y manteniendo su habitual desdén.
—Si no tienes la capacidad de resolver ese pequeño detalle con mi abuelo —sentenció con voz autoritaria, mirándola desde arriba—, entonces limítate a cumplir con tu deber como vicepresidenta en la empresa y como la señora Kingston en casa. No me traigas más berrinches.
Con los papeles del acuerdo todavía sobre la mesa, Chloe le dio una mirada de puro desafío, una chispa de rebeldía que Julian jamás había visto en ella.
—Fue un descuido de mi parte. Pero no te preocupes, me comunicaré con tu abuelo hoy mismo para arreglarlo.
Se giró sobre sus talones y abandonó la oficina con la frente en alto, cerrando la puerta con firmeza.
En cuanto a Julian, se quedó inmóvil mirando hacia la entrada de madera, experimentando una extraña molestia en el pecho que no sabía cómo explicar.
«¿Chloe divorciándose de mí? Eso pasaría el día que los marcianos llegaran a la Tierra», pensó para sí mismo, queriendo sacudirse la inquietud.
Aún recordaba lo feliz, radiante y satisfecha que se veía ella el día que firmaron su acta de matrimonio... y como no, se había convertido en una mujer rica.
Lo que no entendía, era por qué se victimizaba, por qué durante tres años le hacía esas escenas... ¿no se supone que ella... amaba a otro?
Al salir de la oficina, Chloe llamó a Harper, la hermana menor de Julian y su gran amiga y en cuanto le conto, al otro lado de la línea, Harper casi explotó de la alegría en medio de su hotel.
—¡¿Al fin?! ¡¿Al fin vas a dejar a mi maldito hermano?! ¡Gracias, Dios! Escúchame bien, Chloe: ve primero donde el abuelo hoy mismo. Si él te dice que sí, lo demás es puro trámite legal. Y si Julian se pone pesado o intenta bloquearte, no te preocupes, yo regreso el viernes y me encargo de ponerlo en su lugar.
El apoyo incondicional de Harper le inyectó a Chloe el valor que tanto le hacía falta.
Por eso, al caer la tarde, en cuanto el horario laboral terminó, condujo su auto directamente hacia la antigua y majestuosa residencia de la familia Kingston.
Estacionó junto a la acera y entró a la mansión cargando una elegante caja con los postres franceses favoritos del patriarca.
Pasó toda la tarde acompañando al anciano Alberth en el jardín, conversando sobre anécdotas del pasado, y compartieron una cena tranquila. Fue más tarde, mientras jugaban una pausada partida de ajedrez, cuando el abuelo rompió el silencio con su voz sabia.
—Has estado con el ceño fruncido y la mirada perdida desde que cruzaste la puerta, mi niña —comentó el hombre, moviendo un peón sin quitarle los ojos de encima—. Anda, dime la verdad, ¿qué es lo que necesitas de este viejo?
Chloe sostuvo una de las piezas de madera entre sus dedos temblorosos, levantó la vista y, tras mirarlo fijamente a esos ojos arrugados, confesó con el corazón en la mano.
—Señor Alberth... ya no quiero seguir viviendo con Julian. Quiero divorciarme de él.
Al escuchar la confesión, el rostro del anciano se ensombreció por un instante y la enorme sala quedó sumida en un tenso y sepulcral silencio.
Chloe contuvo el aliento, temiendo haberle roto el corazón.
—Cuando te pregunté hace tres años si estabas completamente segura de dar este paso, me dijiste que sí con mucha ilusión —comentó el anciano, omitiendo cualquier tipo de reproche o dureza en su tono—. Pero está bien, mi niña. Sé perfectamente que has hecho todo lo humanamente posible para salvar este matrimonio. Si ya no eres feliz al lado de mi nieto, ponle fin. Sálvate a ti misma y deja que ese muchacho tonto vea, por las malas, la enorme mujer que perdió.
Al ver la bondad y el apoyo del hombre, a Chloe se le llenaron los ojos de lágrimas y agachó la cabeza, conmovida.
—Yo... lo siento mucho, abuelo. Siento no haber podido cumplir con lo que esperabas.
—No tienes que pedirle perdón a nadie, ya fue suficiente sufrimiento para ti —sentenció el viejo, acariciándole la mano con cariño.
Mientras tanto, en un exclusivo e iluminado bar del centro de la ciudad, Julian se encontraba bebiendo un trago de whisky junto a sus amigos de la alta sociedad. Austin, recostado de forma relajada en el sofá de cuero de la zona VIP, le dio un trago a su vaso y soltó la pregunta de manera casual, soltando una pequeña bomba en la mesa.
—Escuché un rumor en los pasillos de finanzas... ¿Es verdad que Chloe te pidió el divorcio formalmente esta mañana?
Julian bebió un sorbo de su vaso sin dignarse a mirarlo, manteniendo su máscara de absoluta indiferencia.
—Solo es una rabieta de su parte —respondió con fastidio—. Ya se le pasará en un par de días, siempre es igual.
—¿Y qué pasa si esta vez no es una rabieta? —insistió Austin, mirándolo fijamente con seriedad—. Julian, hablo en serio. Conozco a Chloe desde hace años. Esta vez no te miraba con reproche, ni estaba esperando que le rogaras. Sus ojos estaban completamente apagados. Viejo, creo que esta vez ella va completamente en serio... creo que de verdad te va a dejar.
Julian apretó el vaso de cristal con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Y aunque por fuera, mantuvo el rostro imperturbable, soltando una risa corta llena de desdén para desviar la atención de su amigo, por dentro, las palabras de Austin se clavaron como astillas ardientes.
Una furia sorda, mezclada con una frustración punzante, comenzó a hervirle en el pecho.
Le enojaba que lo cuestionaran, le enojaba que pensaran que ella tenía el control, pero lo que más le enfurecía era la sola idea de que Chloe pretendiera salirse con la suya tan fácilmente después de lo que había hecho.
Miró fijamente el líquido ámbar de su trago, y un amargo pensamiento cruzó por su mente.
«¿Divorcio? ¿Ahora ella quiere jugar a ser la víctima herida? Si tan solo ella no me hubiera mentido de esa manera... Si no hubiera ocultado la verdad desde el principio, tal vez nuestro matrimonio habría tenido una maldita oportunidad. Pero decidió jugar sucio, y ahora no voy a dejar que se marche como si fuera inocente».
—Tengo que irme —anunció Julian de golpe, levantándose de la mesa y tomando su saco sin mirar a nadie.
—¿A dónde vas tan temprano? La noche apenas empieza —se quejó Ricardo.
Julian no respondió.
La verdad era que él tampoco sabía muy bien por qué estaba yendo allí, en tres años jamás había pisado esa casa. Aun así, subió a su auto deportivo y manejó de regreso a la mansión bajo la lluvia, con la mente vuelta un caos.
(...)
Mientras tanto, en el dormitorio principal de la enorme casa, Chloe acababa de sacar algunos productos de tocador. Se disponía a cruzar la puerta cuando escuchó unos pasos firmes aproximarse por el pasillo, un segundo después la puerta se abrió de golpe.
Él tenía el saco en la mano, la corbata ligeramente torcida y una expresión oscura y completamente indescifrable en el rostro, sus ojos azules bajaron hacia las cremas que ella sostenía contra su pecho y la almohada que llevaba bajo el brazo.
—¿Vas a algún lado? —preguntó, con una voz peligrosamente baja que hizo eco en la habitación.







