CAPÍTULO 9- DEJARTE IR

CAPÍTULO 9- DEJARTE IR

―Solo un poco más... solo un poco más y seré libre.

Aquellas palabras lo golpearon de lleno.

El dolor fue instantáneo y visceral, pero su orgullo herido lo transformó de inmediato en una rabia sorda antes de que pudiera procesarlo del todo.

Entonces giró el pomo con brusquedad, LA puerta se abrió de par en par Y Chloe se giró a toda prisa, con los ojos bien abiertos por la sorpresa al descubrirlo allí.

Por un instante, ninguno de los dos dijo una sola palabra, fue Julian quien se obligó a romperlo el silencio primero.

―¿Por qué diablos sigues aquí a estas horas? 

Chloe parpadeó un par de veces, sacudiéndose el desconcierto, se estiró para tomar la carpeta de su escritorio y caminó hacia él.

―El proyecto con Apex Corp está por arrancar, pero falta tu firma en el contrato. Fui a tu despacho dos veces por la tarde, pero no estabas. ¿Podrías firmarlo ahora mismo, por favor?

La irritación de Julian se disparó al instante.

Ella había cambiado de tema con una rapidez pasmosa, con una naturalidad insultante, como si lo que acababa de decir antes no tuviera la menor importancia.

Como si él, su propio esposo, le importara un bledo.

La miró fijamente, recorriendo su rostro con una intensidad que ni él mismo sabía descifrar. Le arrebató la carpeta de las manos, y sus dedos rozaron por accidente la piel de ella; sin embargo, Chloe se apartó de inmediato, como si el simple contacto le quemara.

Julian abrió el documento, intentando forzar a su mente a concentrarse en las cláusulas en lugar de en la mujer que tenía enfrente. Como el contrato estaba en orden y no tenía fallas, tomó el bolígrafo que ella le ofreció y, con trazos firmes y elegantes, firmó en cada uno de los espacios requeridos.

Lo hizo con una lentitud deliberada, muy consciente de que ella seguía de pie a su lado, esperando con impaciencia, al ver que le devolvía la carpeta, Chloe la revisó con total eficiencia y continuó hablando en un tono estrictamente laboral.

—Este será el último proyecto bajo mi cargo. Coordinaré la entrega final con Austin, y en cuanto termine de poner en orden los informes de los demás departamentos, te presentaré mi renuncia formal a ti y a la junta directiva. Por cierto, ya redacté un acuerdo de confidencialidad; en cuanto deje la empresa, no me meteré en este sector y mantendré bajo llave toda la información interna del Grupo Kingston. Si necesitas que prepare algún otro documento para dejarlo listo estos días, solo dime.

Cada palabra era como un clavo hundiéndose lentamente en el ataúd de su matrimonio.

Y esta vez, Julian lo entendió con una claridad que le revolvió las entrañas: Chloe hablaba totalmente en serio.

No era un berrinche pasajero.

Tampoco era una estrategia barata para llamar su atención.

Se iba a marchar de verdad.

Una frustración furiosa lo invadió como una ola marina. Le molestaba, lo sacaba de quicio y lo hacía sentirse fuera de control de una manera que detestaba, porque se daba cuenta de que ella había planeado cada maldito detalle de su salida con la misma precisión milimétrica con la que manejaba sus negocios.

Sin poder evitarlo, soltó la pregunta que le quemaba en la garganta.

—¿Tanta prisa tienes por deshacerte de mí?

Ella lo miró con los ojos muy abiertos, un poco sorprendida por el tinte personal de la pregunta, pero enseguida recuperó la calma.

—Sí. Porque al fin entendí lo que debí comprender desde el primer día.

Su voz no sonaba fría ni furiosa; era pura y llana resignación.

Era la clase de tono que usas cuando por fin sueltas algo que sabes que jamás va a cambiar, Julian vio esa aceptación y fue un golpe directo al centro de su pecho.

—¿Y se puede saber qué fue lo que entendiste? 

Chloe sostuvo su mirada sin parpadear ni un solo segundo.

—Que tú nunca me vas a amar... y que yo tengo que dejarte ir.

Las manos de Julian se cerraron formando unos puños, en ese instante algo se retorció con dolor en su interior; eran frases sencillas, sí, pero brutales y directas por la verdad que cargaban.

Ajena a la tormenta que estaba provocando en él, Chloe continuó con lo suyo.

—¿Hablaste ya con los abogados del divorcio?

Julian, más tenso que una cuerda de guitarra, desvió la vista hacia la ventana y miró las luces de la ciudad lejana.

—No... todavía no he tenido tiempo...

Una sombra de decepción cruzó el rostro de ella.

—Por favor, hazlo pronto... No quiero seguir siendo la esposa que te estorba. Esa carga que tienes que soportar por obligación. Merezco algo mejor que esto, Julian. Y tú también mereces estar con alguien a quien de verdad quieras.

El aire dentro de la oficina se volvió de pronto espeso y pesado, como si alguien hubiera chupado todo el oxígeno del lugar, tanto que el se aflojó el nudo de la corbata con un tirón brusco, mientras a su mente volvía la charla de la tarde.

—Tu compromiso de hoy... el del restaurante... ¿era una entrevista de trabajo, verdad?

Aún no le llegaba el reporte completo de Megan, pero no hacía falta ser un genio para atar cabos: la seguridad con la que hablaba Chloe y sus ansias por dejar la compañía solo podían significar una cosa.

Ya tenía otra propuesta sobre la mesa. No estaba huyendo a ciegas.

—Tengo una oferta firme —respondió ella sin titubear—. En lo mío.

—¿En lo tuyo?

—Ingeniería robótica y automatización industrial. Lo que estudié antes de... antes de que todo esto pasara.

A Julian le cayó un balde de agua fría, mezclado con una punzada de vergüenza.

La verdad era que jamás se había tomado la molestia de preguntarle qué había estudiado.

Nunca le importó saber qué sueños había tirado a la basura por culpa de él.

—El abuelo me pagó la carrera —siguió Chloe con voz monótona, como si hablara de cualquier cosa trivial—. Me gradué con honores y me ofrecieron una beca completa en el MIT para el doctorado.

Bajó la mirada un segundo y luego volvió a clavarla en él.

—Lo rechazé todo para casarme contigo.

Julian la miró fijamente —la miró de verdad por primera vez en años— y sintió que algo dentro de él se desmoronaba, dejándolo con un profundo sentimiento de miseria.

—Chloe...

—¿Necesitas algo más de mí para el trabajo? —lo cortó ella de seco, levantando una muralla invisible entre los dos.

—No. Vámonos ya. Mamá está en la casa esperándonos.

Chloe soltó un leve «ah» y se agachó para acomodar sus cosas en el escritorio.

—De acuerdo. Guardo esto y nos vamos.

Cerró la laptop y guardó los papeles en el cajón con movimientos mecánicos. Al notar que Julian no se había ido y seguía allí de pie esperándola, parpadeó con auténtica sorpresa. No se esperaba ese detalle de su parte.

En cuanto él se dio media vuelta para abrirle camino, ella tomó su bolso y su celular para seguirlo a una distancia prudente. Al llegar a la planta baja del edificio, un enorme auto negro los esperaba en la entrada principal. Para sorpresa de Julian, que se había detenido para abrirle la puerta del copiloto, ella pasó de largo, abrió la puerta trasera por su cuenta y se metió directo atrás.

El apretó el volante con tanta fuerza que los dedos le dolieron.

La razón por la que Chloe elegía ir en el asiento trasero se debía a un feo recuerdo del primer año de casados. El abuelo de Julian los había invitado a cenar y cuando ella fue a abrir la puerta del copiloto para subirse, Julian le había puesto el seguro desde adentro por pura maldad, dejándola en ridículo.

Aquel viaje entero había sido una humillación silenciosa para ella.

Desde ese maldito día, jamás volvió a sentarse al lado de su esposo en el auto.

Una vez que arrancó, Chloe sacó el teléfono del bolso y se puso a revisar correos con la cabeza gacha.

No lo miró ni una sola vez, ni intentó sacarle conversación.

Pero Julian no le quitaba los ojos de encima a través del espejo retrovisor. La observaba más de lo debido: veía cómo la luz fugaz de la calle le iluminaba el perfil, la concentración seria en su cara mientras leía, y sobre todo, esa indiferencia absoluta hacia su existencia.

Antes en los primeros meses, cada vez que él iba a buscar algún papel a la casa, ella corría a contarle cada detalle de su día, buscando siempre ser la primera en compartirle todo.

Pero al entender que él ignoraba sus llamadas a propósito, aprendió a callar.

Y ahora, Julian descubría con amargura que extrañaba esa voz que antes le parecía tan molesta.

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Teresa MaldonadoDemasiado tarde Julián
Teresa MaldonadoEra lo que querías no Julián ahora te aguantas.
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