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CAPÍTULO 7- ¿DE VERDAD SE VAN A DIVORCIAR?

CAPÍTULO 7- ¿DE VERDAD SE VAN A DIVORCIAR?

De repente, Chloe se puso de pie con total tranquilidad y recogió su bolso de la silla.

―Disculpen, será mejor que me vaya.

Su voz sonó neutral y su cara se mantuvo seria mientras miraba a los dos, como si su almuerzo juntos no le importara en absoluto.

Vanessa soltó una sonrisa fingida y ladeó un poco la cabeza.

―Ah, claro... ese compromiso del que hablabas. Qué pena que no puedas quedarte un rato más.

A su lado, Julian fruncido el ceño y giró la cabeza de golpe para mirarla.

―¿De qué compromiso habla?

Chloe se quedó en silencio por un segundo, sorprendida por su pregunta directa, pero enseguida se puso su mejor máscara de hielo.

―No es nada importante ―contestó con voz seca―. Que disfrutes de tu almuerzo con Vanessa.

Dio la vuelta a la mesa con pasos seguros.

Cuando apenas había pasado un poco más allá de donde estaba sentado Julian, se frenó de golpe y giró la cabeza hacia él.

―Espero que tu abogado me mande los papeles pronto. Lo mejor es terminar con esto de una vez por todas.

Sin decir más, se marchó.

Julian apretó la mano  y tragó  saliva con molestia, viendo cómo ella se alejaba con esa calma que, de la nada, empezó a sacarle canas verdes.

«Terminar con esto de una vez por todas.»

En cuanto Chloe se perdió entre las mesas del lugar, Vanessa se giró hacia él con cara de fingida preocupación.

―¿De verdad se van a divorciar?

Julian soltó una risa seca y despectiva, aunque por dentro sonó más forzada de lo que le habría gustado admitir.

―¿Y tú le crees?

Tomó su copa y le dio un trago largo, intentando calmar el mal humor que de pronto le invadía el pecho.

Chloe siempre había sido... predecible. Muy obediente.

Durante tres años enteros, ella le había aguantado de todo sin rechistar: un matrimonio sin pizca de amor, sus desplantes, sus largas ausencias y su total indiferencia.

No.

Julian todavía no se tragaba el cuento de que Chloe quisiera el divorcio de verdad.

Seguro era un teatro, una pataleta barata para llamar su atención, un intento desesperado de que él volviera a poner los ojos en ella. Apostaba a que, en cuanto el abogado le mandara el borrador, ella iba a correr a buscarlo y le diría llorando que no quería dejar de ser su esposa y que estaba dispuesta a aguantar lo que fuera.

Siempre había sido así.

Por eso... iba a ponerla a prueba una última vez.

Esa misma tarde hablaría con sus abogados para acelerar los trámites y así vería cómo Chloe volvía arrastrándose, rogándole por una segunda oportunidad.

Mientras Vanessa lo miraba de reojo, estudiando cada gesto de su cara, y ladeó la cabeza con picardía.

―Pues yo a Chloe la vi muy seria, muy segura de lo que dice... ―hizo una pausa a propósito―. ¿O será que al final el que no quiere dejarla ir eres tú?

Julian la fulminó con la mirada.

―No digas tonterías.

Aun así, su mano seguía hecha un puño duro sobre la mesa y la imagen de Chloe dándose la vuelta sin mirarlo no se le quitaba de la cabeza. Para disimular, agarró el menú como si la charla anterior jamás hubiera existido, y cambió de tema de golpe:

―¿Y cómo sigue tu salud?

―Muy bien ―respondió Vanessa con una gran sonrisa―. La vida se ha portado bien conmigo a pesar de que... que no pude cumplir mi sueño.

Por un segundo, una punzada de culpa cayó sobre Julian como una ola fría.

Durante años se había forjado una coraza de hielo, volviéndose un hombre frío e indiferente con todo el mundo, tal como exigía su puesto de empresario.

Pero Vanessa... con ella era diferente.  Ella siempre lograba sacarlo de ese vacío que cargaba por dentro.

O al menos eso era lo que él creía hasta hace poco.

Porque desde que Chloe había soltado la palabra «divorcio» con esa tranquilidad que lo descolocó, algo en su interior se había roto.

Una molestia nueva se había metido en su pecho, terca y pesada.

Dos horas después — Oficina de entrevistas

Chloe entró a la sala de juntas con su portafolio bajo el brazo. Detrás de una mesa larga la esperaban tres personas: dos hombres de mediana edad y una mujer con cara de pocos amigos.

―Señorita Pierce, por favor siéntese ―le indicó el hombre del centro, que era el jefe de recursos humanos.

Ella tomó asiento con elegancia y dejó el portafolio sobre la madera.

―Muchas gracias por recibirme.

El hombre abrió su carpeta con el currículum y, apenas leyó la primera página, levantó las cejas sorprendido.

―Veo que se graduó con honores en Ingeniería en Automatización y Robótica Industrial en la Universidad Tecnológica Nacional... y lo hizo a los veintidós años ―alzó la vista para mirarla―. Eso es impresionante.

―Y además tiene un posgrado en Control Inteligente ―agregó la mujer, ojeando los papeles con más atención todavía―. Artículos publicados en revistas científicas... Señorita Pierce, este historial es brillante.

Hizo una breve pausa y la miró a los ojos.

―Si es así, ¿por qué estuvo trabajando en administración de empresas durante los últimos años?

Chloe mantuvo el rostro tranquilo, aunque por dentro sintió el viejo pinchazo del arrepentimiento.

―Fue por asuntos personales ―respondió con voz neutra―. Pero ya estoy lista para dedicarme a lo mío otra vez.

El segundo hombre se inclinó hacia adelante apoyando los codos en la mesa.

―Aquí dice también que rechazó una beca completa en el Instituto Tecnológico de Massachusetts para hacer un doctorado ―preguntó con curiosidad―. ¿Se puede saber por qué?

«Por amor», pensó Chloe con amargura. «Por un hombre que ni siquiera me valora.»

―Cuestiones familiares ―contestó en voz alta, cuidando que su tono sonara profesional―. Aunque fue una decisión de la que... me arrepiento mucho.

La palabra «arrepiento» salió con más fuerza de la que planeaba.

Chloe vio cómo los tres entrevistadores se miraban de reojo, como si intuyeran que detrás de eso había una historia triste.

El director cerró la carpeta y le regaló una sonrisa amable.

―Señorita Pierce, se lo diré sin rodeos: su perfil supera por mucho lo que estábamos buscando. Si le interesa formar parte de nuestro equipo de investigación y desarrollo, el puesto es suyo.

El pecho de Chloe se aflojó de golpe. Sintió un alivio enorme, una pequeña luz después de tres años de vivir en la oscuridad.

―Sería un gran honor para mí.

―Perfecto. Le haremos llegar la oferta formal hoy mismo. ¿Cuándo podría empezar?

―En cuanto resuelva un par de asuntos pendientes por ahí de mi vida actual ―respondió―. Calculo que en dos semanas a más tardar.

―Entonces... bienvenida al equipo ―dijo uno de los hombres, estirando la mano para saludarla.

Cuando salió del edificio, dejó escapar una sonrisa sincera y respiró hondo.

Por primera vez en muchísimo tiempo, sentía que volvía a ser dueña de su propia vida.

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