Mundo ficciónIniciar sesiónChloe se llevó un buen susto al notar su presencia.
—¿Todavía no te has dormido? Me asustaste.
Julian no respondió, se quedó de pie, con las manos metidas en los bolsillos, observándola fijamente. En ese momento, la imagen del video regresó a su mente: Chloe riendo, radiante, y ese hombre inclinándose hacia ella, invadiendo su espacio sin que ella hiciera nada por apartarse.
A pesar de la rabia que sentía, decidió no mencionar el asunto; al fin y al cabo, no pensaba darle la satisfacción de saber que lo había visto y que lo estaba carcomiendo por dentro. Sin embargo, tenerla tan cerca, oliendo a alcohol y a un perfume ajeno, hacía que le hirviera la sangre.
—¿De dónde vienes? —repitió, con la voz peligrosamente baja—. ¿Por qué tenías el teléfono apagado?
Ante la confrontación, Chloe no evitó su mirada. Al contrario, lo evaluó de arriba abajo con total indiferencia.
—Se quedó sin batería —dijo, encogiéndose de hombros—. Harper volvió de su viaje y cenamos.
—¿Una cena de siete horas? —Julian soltó una risa seca—. ¿Y ese perfume también venía en el menú?
Al escucharlo, Chloe inclinó la cabeza, mostrando una ligera sonrisa de diversión. «Ahí está —pensó ella—, interesante que ahora sí notes las cosas».
—Julian —habló con una voz suave, casi tierna, lo cual resultaba peor que si le gritara—. ¿Desde cuándo te importa a qué hora llego o con quién salgo? Tres años de silencio de tu parte me hicieron entender que no te intereso en lo absoluto.
Él se quedó rígido ante su reacción. Definitivamente, esa no era la Chloe que conocía. La de antes se habría puesto a la defensiva o habría intentado darle explicaciones para buscar su aprobación. Esta mujer, en cambio, ni se inmutaba. Por ello, se preguntó quién era ella realmente y dónde había quedado su antigua dulzura, quedándose con una profunda sensación de frustración.
—Tengo derecho a tener amigos, a salir con quien quiera y a llevar mi vida como me dé la gana —sentenció ella, marcando una distancia clara—. Especialmente ahora que estamos a punto de divorciarnos.
Ante el reclamo, Julian la recorrió con la mirada de forma lenta y posesiva.
—Aún no nos divorciamos y ya estás saliendo con hombres a estas horas... ¿qué crees que es la familia Kingston, un juego?
—¿Un juego? —Chloe soltó una risita corta—. Julian, llevo tres años viviendo una vida de infierno, apenas hoy fue que pude vivir de verdad. Además, el apellido Kingston no me define, ni me va a perseguir cuando me quite el anillo. Si tanto te preocupa la prensa y las acciones de la empresa, debiste pensarlo antes de decidir que yo era solo un adorno.
Él mantuvo la mandíbula tensa, pero ella continuó sin darle tregua:
—Sé que te preocupa el impacto en el negocio, así que quédate tranquilo. Cuando firmemos, guardaré silencio. Pero hazte un favor: llama a tus abogados, agiliza los papeles y deja de hacerme preguntas que ya no tienes derecho a hacer.
Estaba por irse, cuando Julian sacó las manos de los bolsillos y acortó la distancia entre ambos de forma amenazante. Aunque sus ojos reflejaban furia, su voz sonó completamente afectada.
—El divorcio aún no es un hecho, Chloe. No olvides cuál es tu lugar.
Chloe se rió sin ganas.
—¿Te refieres a mi lugar como la vicepresidenta o al de la esposa que dejaste olvidada en un rincón? Dime, Julian, ¿en algún momento de estos tres años te acordaste de cuál era el tuyo?
Él no supo qué responder, y esa breve vacilación fue una pequeña victoria que ella disfrutó a fondo.
—¿Ahora resulta que estás resentida? ¿Te arrepientes? —Julian se inclinó hacia ella, quedando a pocos centímetros de su rostro—. ¿No sabías qué clase de hombre era yo antes de casarte conmigo?
Aunque Chloe sintió su aliento cerca, no retrocedió ni dejó que la afectara. Lo miró con la paciencia de quien lidia con un berrinche.
—Era muy joven… y a esa edad se idealiza a las personas equivocadas. Tal vez debí casarme con...
Cortó la frase en el aire, dejando el nombre suspendido en el espacio, y le sostuvo la mirada con total tranquilidad.
Como era de esperarse, el silencio que siguió se volvió denso.
Julian supo perfectamente de quién hablaba, y los celos se transformaron de inmediato en una ira salvaje que no pudo controlar. Sintió el impulso de sacudirla y exigirle que borrara a ese hombre de su mente.
Perdiendo el control, la tomó del mentón con firmeza para obligarla a mirarlo, de modo que toda la distancia fría que había construido durante tres años se desmoronó en ese instante.
—Hasta que mi firma no esté en ese papel —siseó—, no eres libre, Chloe. No lo eres.
Sin embargo, ella no se asustó. Con un movimiento firme, le apartó la mano de la cara.
—¿Te duele tu orgullo, Julian? Pues qué pena. Acostúmbrate, porque a partir de hoy solo voy a pensar en mí. Agiliza el divorcio y no vuelvas a interrogarme a medianoche —lo miró con un desprecio que él no esperaba—. Ya no tienes ese derecho.
De pronto, algo dentro de el se rompió por completo.
Los celos, la frustración acumulada y la imagen de ese hombre inclinándose hacia ella en el video explotaron como una bomba.
—¡Ah, claro! ¡Qué conveniente que de repente quieras el maldito divorcio tan rápido! ¡Y todo porque sabes perfectamente que te vas a llevar la mitad de todo lo que tengo!
Chloe se congeló en el acto.
Su rostro, que segundos antes mostraba seguridad y firmeza, se transformó en una máscara de absoluta perplejidad, era como si le acabaran de hablar en un idioma desconocido.
—¿Qué... qué dijiste?
Julian, cegado por la rabia y los celos, interpretó su reacción como actuación. Se acercó más, invadiendo su espacio personal, con los ojos inyectados de furia.
—¡No te hagas la tonta conmigo, Chloe! —bramó—. ¡Por eso querías el divorcio tan rápido! ¡Todo esto es una maldita treta para quitarme lo que me pertenece! ¡Cuarenta y cinco por ciento de las acciones! ¿Creías que no me iba a enterar?
Chloe retrocedió un paso, sintiendo cómo el mundo se tambaleaba bajo sus pies.
—Julian, yo no... no sé de qué estás hablando...
—¡Claro que lo sabes! —la interrumpió él, acercándose aún más hasta quedar a centímetros de su rostro—. Lo supiste desde el principio. Por eso aceptaste este matrimonio, por eso aguantaste tres años sin quejarte. Estabas esperando el momento perfecto para desplumarme como la calculadora que eres.
Las palabras de Julian cayeron como cubetas de agua helada.
Su mente intentaba procesar lo que estaba escuchando: ¿cuarenta y cinco por ciento? ¿Acciones?
Ella no sabía nada de eso. Nunca había preguntado, nunca había investigado las cláusulas del contrato matrimonial que había firmado demasiado enamorada y ciega como para leer la letra pequeña.
—Julian, te juro que yo no...
—¿Qué? ¿Vas a jurarme que no lo sabías? —él soltó una carcajada cruel—. Por favor, Chloe. Dame algo de crédito. Eres muchas cosas, pero tonta no eres.
Se acercó aún más.
—Pero déjame dejarte algo claro, querida esposa: mientras ese papel no esté firmado, sigues siendo mía. Y si crees que voy a dejarte ir así como así para que te lleves mi dinero y corras a los brazos de otro, estás muy equivocada.
En segundos mano de Chloe se movió antes de que su cerebro pudiera procesarlo.
¡PAF!
Julian giró el rostro por el impacto, con la mejilla enrojecida y la marca de los dedos de Chloe claramente visible.
Por un momento, ninguno de los dos se movió.
Chloe temblaba de pies a cabeza, no de miedo, sino de una ira tan profunda que nunca había sentido antes.
—No vuelvas a hablarme así en tu vida —espetó—. No sé de qué acciones hablas, no sé de qué porcentajes hablas, y francamente me importa un carajo. Pero lo que sí sé es que nunca, nunca más voy a permitir que me trates como si fuera un pedazo de basura.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, mirándolo con un desprecio que Julian nunca había visto en ella.
—Quédate con tu maldito dinero. Quédate con tus acciones, con tu empresa y con tu orgullo de mierd4. Yo solo quiero mi libertad. Y si piensas que me case contigo por lo que tienes, entonces realmente nunca me conociste.
Dicho esto, se dio media vuelta y subió las escaleras de dod en dos, sin mirar atrás.
Julian se quedó de pie en medio de la sala, con la mejilla ardiendo y el corazón latiéndole desbocado. La marca de la bofetada era nada comparada con el vacío que sintió cuando escuchó la puerta de la habitación cerrarse arriba.
Justo en ese instante de máxima tensión, el teléfono vibró con fuerza sobre el escritorio de caoba. Al ver el número frunció el ceño y contestó de inmediato.
—¿Julian? Hablas con Vance —la voz del hombre sonaba apresurada del otro lado—. Acabo de reunirme con el inversionista, acepto pero... hay una condición innegociable.
Julian se tensó, acomodándose el teléfono.
—Dime, Vance. ¿Qué es?
—Los ingenieros del gobierno revisaron los informes de automatización y tienen dudas con los márgenes de riesgo —explicó el inversor con total seriedad—. Exigen expresamente la presencia de Chloe. Si ella no viaja contigo a Santorini para defender el diseño, la licitación de miles de millones de dólares se cancela. No hay trato, Julian.
La línea se cortó con un clic sordo.







