Mundo ficciónIniciar sesiónAl día siguiente, Chloe se levantó más temprano que de costumbre.
Mucho más temprano.
El reloj marcaba las 6:00 a.m. cuando ya estaba duchada, vestida con un traje sastre color gris perla y revisando en su teléfono los anuncios de departamentos disponibles en la ciudad. Había pasado la noche en vela, dándole vueltas a todo lo que Julian le había gritado, a cada acusación venenosa, a cada palabra diseñada para herirla.
Y había llegado a una conclusión definitiva: se había acabado.
No pensaba seguir soportando sus acusaciones ni un día más, por eso ese día buscaría departamento.
Y después se reuniría con su abogado para hacer algo que debió haber hecho desde el principio: renunciar a todo lo que le correspondiera con el divorcio.
Porque la verdad era simple y dolorosa: ella no estaba enterada de nada.
Cuando se casó con Julian, firmó ese contrato matrimonial sin leerlo realmente. Estaba tan enamorada, tan ciega, tan convencida de que él también la amaba, que jamás pensó que su contrato tuviera semejante cláusula. Más bien pensó que se trataba de alguno de esos contratos que hacían los ricos para proteger sus fortunas de cazafortunas.
Nunca imaginó que el abuelo Kingston hubiera puesto una cláusula que le otorgaba el cuarenta y cinco por ciento de las acciones en caso de divorcio.
¿Por qué lo había hecho?
No lo entendía.
Pero lo que sí entendía era que Julian la odiaba por ello, y que nunca le creería que ella no lo sabía.
Bajó las escaleras tratando de no hacer ruido, lo último que quería era encontrarse con él. Al llegar a la cocina, se dirigió directamente a la cafetera.
Necesitaba cafeína si iba a sobrevivir a este día, estaba por servirse cuando una voz suave la sobresaltó.
—Buenos días, Chloe.
Se giró de inmediato y encontró a Evelyn Kingston de pie en el umbral de la cocina, vestida con un elegante conjunto de pantalón color crema y una blusa de seda. Su cabello castaño con mechas plateadas estaba perfectamente peinado, y sus ojos color avellana la observaban con esa calidez maternal que siempre la había hecho sentir bienvenida en esa familia.
—Evelyn... —Chloe intentó sonreír, pero le salió más como una mueca—. Buenos días.
La mujer se acercó y le dio un beso en la mejilla, pero al separarse frunció el ceño con preocupación.
—Te ves agitada, querida. ¿Estás bien?
—Sí, sí, estoy bien. Solo... no dormí muy bien.
Evelyn la estudió con esos ojos que parecían ver más allá de las palabras.
—¿Julian volvió a discutir contigo?
—No, no es eso...
Pero su voz sonó poco convincente incluso para ella misma.
No quería tensar más la situación.
No quería que Evelyn se sintiera atrapada entre su hijo y su nuera.
Asi que tomó aire profundamente y decidió que era momento de poner al tanto a Evelyn de su futuro.
—Evelyn... Julian y yo... iniciamos el proceso de divorcio.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
La suegra se quedó completamente inmóvil, como si le hubieran echado un balde de agua helada. Sus ojos se abrieron con sorpresa genuina, y por un momento pareció que iba a decir algo, pero se contuvo, en cambio, respiró hondo y se esforzó visiblemente por mostrarse calmada.
—Chloe, querida... —empezó con voz temblorosa.
Pero Chloe levantó una mano, silenciándola.
—Por favor, déjame terminar —dijo, y su voz sonó más fuerte de lo que esperaba—. Nuestro matrimonio está destruido, Evelyn. Completamente destruido. No queda nada que salvar. Seguir juntos solo significa lastimarnos más, y yo... yo ya no puedo.
Hizo una pausa, sintiendo cómo se le cerraba la garganta, pero continuó:
—Tienes que empezar a aceptar que Julian y yo estaremos divorciados. Y también tienes que entender que no puedo seguir siendo la que soluciona todos sus escándalos, la que mantiene las apariencias, la que sonríe en las cenas familiares mientras me muero por dentro.
Chloe sabía que Evelyn se esforzaba tanto por mantenerlos juntos porque quería preservar la imagen de la familia perfecta.
Los Kingston eran una dinastía, y los divorcios no encajaban en esa narrativa.
Pero ya no le importaba.
—Voy a pensar en mí por primera vez en tres años —continuó, con los ojos brillantes pero sin lágrimas—. Voy a pensar en mi futuro. Y voy a tratar de reconstruir mi vida lejos de todo esto.
Evelyn se quedó sin palabras.
Su boca se abrió ligeramente, pero no salió ningún sonido. Parecía estar procesando cada palabra como si fueran golpes físicos.
Chloe le dió una sonrisa triste y se giró hacia la cafetera para servirse. Pero antes de que pudiera hacerlo, Evelyn se acercó rápidamente y le quitó la taza de las manos con suavidad.
—Deja... yo lo hago —dijo con voz suave, casi maternal—. Después de todo, aún sigues siendo mi nuera, ¿no?
Chloe la miró un segundo, sorprendida por el gesto, antes de asentir lentamente.
—Gracias.
Se giró para ir por su teléfono que había dejado sobre la isla de la cocina, necesitaba llamar a los abogados cuanto antes para programar la cita.
No se dio cuenta cuando Evelyn sacó un pequeño frasco del gavinete, tampoco vio cómo destapaba el frasco con manos temblorosas y echaba un polvo blanco en el café, lo revolvía con rapidez y volvía a guardar el frasco antes de que Chloe se girara.
Cuando Chloe regresó, Evelyn ya tenía la taza lista y se la extendía con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.
—Aquí tienes, querida.
Chloe tomó la taza y le dio las gracias con un gesto de cabeza.
Evelyn la observó fijamente, con el corazón latiéndole tan rápido que temía que Chloe pudiera escucharlo, luego sonrió con tristeza genuina.
—Siempre me has parecido la nuera perfecta. La única que merece a mi hijo. Y me duele profundamente que él no sepa valorarte.
Chloe la miró un segundo antes de asentir, sintiendo un nudo en la garganta.
—Y yo esperé demasiado tiempo para que lo hiciera. Pero todos tenemos un límite, Evelyn. Yo llegué al mío.
Le dio un sorbo largo a su café, sintiendo el líquido caliente bajar por su garganta. Sabía un poco amargo, pero lo atribuyó a que estaba recién hecho.
Mientras Evelyn la miraba con intensidad.
—Conservo la esperanza de que... de que surja algo que salve su matrimonio.
Chloe se bebió el resto de su café de un trago y dejó la taza sobre el mármol con un clic suave.
—Lo dudo —respondió con firmeza—. Si en tres años no pudimos ser felices, ¿qué puede suceder ahora?
Tomó su bolso del respaldo de la silla y se lo colgó al hombro. Miró a Evelyn una última vez, con una mezcla de cariño y despedida en los ojos.
—Adiós, Evelyn.
La madre de Julian la miró fijamente, con los ojos brillantes y una expresión que Chloe no supo descifrar.
—Adiós, Chloe...
Chloe salió de la cocina con pasos firmes, sin mirar atrás.
No vio cómo Evelyn se dejaba caer en una silla en cuanto la puerta se cerró y se llavaba las manos temblorosas al rostro.
—Perdóname, Chloe... pero no puedo dejar que destruyas a mi familia.
Evelyn se quedó sentada en la cocina con los ojos cerrados, respirando profundamente, tratando de calmar el temblor de sus manos y el martilleo de su corazón.
«Lo hice por el bien de la familia», se repetía una y otra vez, como un mantra. «Lo hice por Julian. Lo hice por todos nosotros.»
Pero la culpa seguía ahí, pesada como una piedra en su pecho.
De repente, escuchó pasos acercándose.
Abrió los ojos de golpe y se enderezó en la silla, componiendo rápidamente su expresión justo cuando el ama de llaves, entraba a la cocina con un bolso pequeño de mano en las manos.
Evelyn frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Es de la señora Chloe... al parecer lo dejó olvidado.
Evelyn se puso de pie de inmediato y prácticamente le arrebató el bolso de las manos.
—Gracias, retírate, yo se lo doy a mi nuera.
La empleada asintió con una leve reverencia y salió de la cocina sin hacer preguntas y Evelyn abrió el bolso con manos temblorosas. Adentro había las cosas personales típicas de cualquier mujer, pero lo que captó su atención de inmediato fue un pequeño frasco de pastillas.
Suplemento herbal para el manejo del estrés y la ansiedad
—¿Está enferma?
Evelyn giró el frasco entre sus dedos, leyendo las indicaciones, Chloe estaba tomando esto para controlar el estrés.
Por supuesto que lo estaba.
Vivir con Julian estos tres años habría estresado a cualquiera.
Miró el frasco por un largo momento, con una expresión pensativa. Luego, como si una idea acabara de iluminar su mente, sacó su teléfono móvil del bolsillo de su pantalón y marcó un número que tenía guardado, la llamada se conectó al segundo tono.
—Señora Kingston. ¿Qué necesita?
Evelyn respiró hondo antes de hablar.
—¿Las pastillas de gonadotropina coriónica que te pedí la semana pasada... se pueden conseguir en mayor cantidad?
Hubo un breve silencio al otro lado.
—¿Cuántas necesita exactamente?
Evelyn miró el frasco en su mano, calculando mentalmente.
—Suficientes para dos meses. Quizás más.
—Eso es mucho, señora Kingston.
—El dinero no es problema —respondió ella con frialdad—. Solo necesito que las tengas listas hoy mismo.
—Entendido. Estarán listas en tres horas. ¿Las recoge usted o envío a domicilio?
—Yo las recojo —dijo ella de inmediato—. Y señor Wang... discreción absoluta.
—Como siempre, señora Kingston.
Evelyn colgó y dejó el teléfono sobre la mesa con un suspiro largo.
Miró de nuevo el bolso de Chloe, si tomaba esas pastillas todos los días para el estrés... ¿quién notaría si una de ellas fuera reemplazada por otra cosa?
Y si Chloe comenzaba a mostrar síntomas de embarazo... bueno, ¿qué más natural que una mujer casada quedara embarazada de su esposo?
Tendría que olvidarse del divorcio y la familia Kingston permanecería intacta.







